Hay un principio claro, que muchos empiezan a opacar: sin libertad de prensa no hay periodistas y sin periodistas no hay democracia. Son innumerables las formas como se amenaza este derecho fundamental, porque hace carrera eso de atacar al mensajero. Directores técnicos que llaman ruedas de prensa a declaraciones en las que no se permite preguntar, candidatos que convierten al entrevistador en un maltratado periodista, presidentes que deciden atacar personalmente a quienes los interpelan, secretarios que evaden la responsabilidad de responder, empresarios o gremios que manejan recursos o intereses públicos y piden todo por escrito. Este mal síntoma cunde y lo más grave es que a muchos periodistas les parece normal.
Cuando se imponen las poses y las imposturas, cuando se hace más difícil saber a ciencia cierta si la persona con la que se habla es la real o es el personaje que ha creado para conquistar votos, para ganar adeptos, para sumar seguidores o para evitar situaciones incómodas, también se hace indispensable que los personajes públicos transparenten sus actuaciones y rindan cuentas sobre tales cuestiones.
Sin embargo, en este mundo de la futilidad, donde nada es lo que parece, llegan sutiles formas para impedir el acceso de los ciudadanos a la información, nuevas maneras de censura. Siempre nos ha preocupado que muchos de quienes se formaron como periodistas, pero tomaron el camino de las relaciones públicas, renieguen de su compromiso de decir la verdad y ayuden a sus nominadores a evadir la responsabilidad de responder las preguntas que el público se hace y que los buenos comunicadores convierten en cuestionarios.
Cada 3 de mayo se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, y nos recuerda su importancia. No puede haber democracia vigorosa donde los poderosos se niegan a ser interpelados por la prensa. Este periódico, que se apresta a cumplir 105 años de historia, cumple una misión fundamental y cada vez más importante en dar cuenta de lo que sucede en el Eje Cafetero. Es muy posible que lo que encuentren en medios sin las capacidades y rigor de este no sea lo suficientemente completo y menos que la IA pueda dar cuenta de lo que sucede en su barrio, pero LA PATRIA sí. Así que le proponemos tomarse un minuto para imaginar este territorio sin un medio de comunicación vigoroso y valiente que haga aún las preguntas incómodas, a que indague por los temas de nuestras comunidades y los convierta en noticia.
Entre los modelos más sutiles de la censura aparece el cuestionable: “envíeme las preguntas por escrito”. Los lectores habrán notado que últimamente respuestas de universidades públicas, de secretarios de despacho, de organismos judiciales aparecen más seguido con la advertencia de que se trata de cuestionarios respondidos por escrito. Es la manera de advertirles que no nos dieron oportunidad de contraargumentar, de ver a los ojos al entrevistado. Seguramente sean pocos quienes se atreven a que los saquen del rol que proyectan, de la imagen que venden, y por eso temen responderle a un periodista en tiempo real sobre su trabajo. Y si a eso le temen, ¿cómo confiar en que realmente no ocultan algo? Pues no queremos ceder y seguiremos haciendo las preguntas difíciles, para que sigan confiando nuestros fieles habitantes del Eje Cafetero.