Apreciados colegas:

He leído circulares. Muchas que delimitan funciones, trazan fronteras, dibujan el mapa de lo que sí y lo que no. Documentos necesarios. Un escudo. Un alivio. Porque cuando todo se exige y nada se agradece, saber que hay una línea que protege el oficio también es justicia. La norma dice: no hacer clínica. La norma dice: remitir. La norma dice: usted es educador, no terapeuta.

Pero la vida no se queda leyendo circulares y llega con zapatos sucios por los pasillos. Llega como niño con los ojos cargados de una tristeza que no empezó en él. Llega como adolescente que no duerme porque en su casa el miedo tiene llave propia. Llega como silencio, como rabia, como desgano. Como ese "profe, ¿tiene un minuto?" que en realidad es un grito.

Y entonces la pregunta no tiene manual: ¿qué hago con este dolor que se sienta frente a mí? La ley nos recuerda que no somos dioses y bendita sea la ley por eso. Porque el salvador siempre termina quemado. Pero tampoco se trata de esconderse detrás del protocolo para no mirar a los ojos.

Escuchemos la paradoja:

La norma dice "no haga clínica", pero la realidad exige primeros auxilios del alma. La norma dice "remita", pero el sistema responde con citas dentro de tres meses; mientras tanto el niño sigue creciendo. Mientras tanto la rabia se hace costra. Mientras tanto, en los despachos, alguien celebra haber cumplido el protocolo.

Rutas que existen primero en el papel y después en el territorio donde nace nuestro oficio. Porque la orientación sin ser una posición, es un lugar que se encarna en tiempos donde la salud está en crisis. Un territorio donde alguien puede llegar y decir lo que en ninguna otra parte puede decir.

Somos muchas veces, el primer adulto que escucha sin juzgar. El primero que no responde con castigo. El primero que no se asusta con la pregunta. Los muchachos están saturados de información, pero hambrientos de sentido. Hiperconectados y profundamente vacíos. Rodeados de pantallas que responden todo, excepto lo esencial: ¿Quién soy? ¿Qué hago con mi dolor? ¿Qué hago con mi deseo?

Nadie puede resolverles la vida sin robarles la posibilidad de vivirla. Pero estamos para algo más delicado que es acompañarlos a pensar su condición y su sufrir. Porque nombrar lo que duele ya es comenzar a transformarlo. Ponerle palabras a la angustia es impedir que se convierta en destino. Eso se construye en la conversación cotidiana. En el aula. En el patio. En el silencio compartido. Cuando un joven descubre que puede pensar, que su palabra vale, que su conflicto es parte de la condición humana y no una vergüenza que carga a solas.

No romantizo nuestra responsabilidad. Sé que pesa. Sé que cansa. Porque además de acompañar, debemos articular, gestionar, insistir, tocar puertas. Y no podemos cargar solos con las fracturas de lo social. Por eso es necesario hacer nuestra parte, pero, el Estado debe hacer la suya. Porque cuando el sistema falla, la tentación es empujarnos, lo que no corresponde. Y allí nace la trampa: la extralimitación por compasión. La compasión sin límites termina en desgaste, en culpa, en el cuerpo rendido y consumado.

Cuidar al que cuida es una responsabilidad colectiva. Por eso, estos encuentros existen, para compartir la duda, porque la duda compartida se vuelve pensamiento. Y el pensamiento, en medio del ruido, es una forma de resistir. Los límites de nuestra función son el marco que hace posible la obra. Saber hasta dónde podemos llegar nos permite llegar bien, con ética, con claridad, con serenidad. Y ese "hasta aquí", cuando se habita con conciencia, puede cambiar una vida.

Es cierto, no podemos curar todas las heridas. Pero podemos evitar que alguien crea que está solo con la suya. Y eso, colegas, no es poco.

Muchas gracias.