Vea, doña, usté perdone,
pero no aguanto la lengua
cuando veo a una cristiana
que a un animal lo envicia
poniéndole moño y cuna
y le dice “mi bebé”...
¿Usté sabe lo que es ser madre?
¿Usté ha parío con dolor
en un catre’e lazo crudo,
sintiendo que se le parte
la vida, y sola, sin luz?
¿Usté ha deja’o el bocado
pa’que la boca del hijo
no se duerma con vacío?
¡Ah, doña...! No sabe nada
si cree que un gato panzón
con collar de plata fina
y que maúlla en la cocina
vale lo que una mama.
¡Si viera a la mía, doña!
La recuerdo, y se me empaña
el ojo... Era una viejita
de trenzas color ceniza,
con las manos agrietadas
de fregar ropa y amasar.
No tenía más espejo
que el charco’e la quebrada,
ni más joya que un rosario
de semillas de algarrobo,
pero cuando me miraba
me quedaba chiquitito
como un ternero bobo.
Madre no es la que compra
latas de carne en el pueblo,
ni la que peina al perrito
mientras chismean en la reja.
Madre es la que se levanta
cuando el gallo ni cantó,
y prende el fuego con leña
mojada, y sopla el fogón,
mientras tose porque tiene
los pulmones de algodón.
Es la que esconde el suspiro
y lo convierte en canción,
la que se arranca el abrigo
cuando el frío es cuchillón.
¿Usté ha visto a su gato
toser y echar sangre un día
por el polvo del trapiche?
Doña, yo era muchacho
y me pasé dos noches
con mi cabecita ardiendo,
sintiendo cómo la muerte
me pedía en silencio.
Y ella… la vieja, rezando
como esas santas de yeso
que usté tendrá en algún nicho,
me decía: “Mijito, aguante,
que Dios ha’e ser más fuerte,
que Dios no está muerto ni está enfermo;
y si se lo lleva a usté,
me voy con usté donde el eterno”.
No había plata p’al doctor,
no había remedio en la totuma;
solo su aliento caliente
y su manito pecosa
secándome el frío de las dudas.
Eso es ser madre, señora.
No este juguete de moda
con ropita de algodón.
Perdone si me propaso...
Es que al verla con su gato
se me vino a la memoria
el día que a mi mama
la tapamos con dos tablas,
y yo no pude ni llorar,
porque el nudo en la garganta
me dejó mudo’e pena.
Pero esa noche, solito,
me arrimé a su cabecera
donde olía a pan casero,
y ahí lloré como criatura
gritando: “¡Vieja, no se vaya!
¡No me deje solo!
¡Que yo sin usté no sirvo
ni pa’ ordeñar una vaca!”
Y desde entonces, doña,
yo he visto tantas mujeres
que se dicen madres de algo
porque un gato las regala...
Usté sabe bien que es hembra,
pero le falta la cruz
que una madre de verdá
lleva tatuada en el pecho.
Yo soy hombre, y sé algunas letras,
pero he visto una perra
lamer sus cachorros muertos
y aullar como alma en pena.
He visto a la gata flaca
dejar el la’o del fogón
pa’que sus crías comieran
la poca carne que había.
Pero esa no es la ley de arriba:
lo que vale una madre
no se mide por la plata,
se pesa ante Dios de rodillas.
Así que, doña, perdone,
pero cuando a ese animal
le diga “hijo”, hínquese
pensando en las pobres viejas
que se queman hasta el alma
por un hijo de verdá, sin pedirle
ni una caricia de vuelta.