07 May, 2026

Madre de Verdá (poema)

¡Ah, doña...! No sabe nada si cree que un gato panzón con collar de plata fina y que maúlla en la cocina vale lo que una mama.

Vea, doña, usté perdone,

pero no aguanto la lengua

cuando veo a una cristiana

que a un animal lo envicia

poniéndole moño y cuna

y le dice “mi bebé”...

¿Usté sabe lo que es ser madre?

¿Usté ha parío con dolor

en un catre’e lazo crudo,

sintiendo que se le parte

la vida, y sola, sin luz?

¿Usté ha deja’o el bocado

pa’que la boca del hijo

no se duerma con vacío?


 

¡Ah, doña...! No sabe nada

si cree que un gato panzón

con collar de plata fina

y que maúlla en la cocina

vale lo que una mama.

¡Si viera a la mía, doña!

La recuerdo, y se me empaña

el ojo... Era una viejita

de trenzas color ceniza,

con las manos agrietadas

de fregar ropa y amasar.

No tenía más espejo

que el charco’e la quebrada,

ni más joya que un rosario

de semillas de algarrobo,

pero cuando me miraba

me quedaba chiquitito

como un ternero bobo.


 

Madre no es la que compra

latas de carne en el pueblo,

ni la que peina al perrito

mientras chismean en la reja.

Madre es la que se levanta

cuando el gallo ni cantó,

y prende el fuego con leña

mojada, y sopla el fogón,

mientras tose porque tiene

los pulmones de algodón.

Es la que esconde el suspiro

y lo convierte en canción,

la que se arranca el abrigo

cuando el frío es cuchillón.


 

¿Usté ha visto a su gato

toser y echar sangre un día

por el polvo del trapiche?

Doña, yo era muchacho

y me pasé dos noches

con mi cabecita ardiendo,

sintiendo cómo la muerte

me pedía en silencio.

Y ella… la vieja, rezando

como esas santas de yeso

que usté tendrá en algún nicho,

me decía: “Mijito, aguante,

que Dios ha’e ser más fuerte,

que Dios no está muerto ni está enfermo;

y si se lo lleva a usté,

me voy con usté donde el eterno”.

No había plata p’al doctor,

no había remedio en la totuma;

solo su aliento caliente

y su manito pecosa

secándome el frío de las dudas.


 

Eso es ser madre, señora.

No este juguete de moda

con ropita de algodón.

Perdone si me propaso...

Es que al verla con su gato

se me vino a la memoria

el día que a mi mama

la tapamos con dos tablas,

y yo no pude ni llorar,

porque el nudo en la garganta

me dejó mudo’e pena.

Pero esa noche, solito,

me arrimé a su cabecera

donde olía a pan casero,

y ahí lloré como criatura

gritando: “¡Vieja, no se vaya!

¡No me deje solo!

¡Que yo sin usté no sirvo

ni pa’ ordeñar una vaca!”


 

Y desde entonces, doña,

yo he visto tantas mujeres

que se dicen madres de algo

porque un gato las regala...

Usté sabe bien que es hembra,

pero le falta la cruz

que una madre de verdá

lleva tatuada en el pecho.

Yo soy hombre, y sé algunas letras,

pero he visto una perra

lamer sus cachorros muertos

y aullar como alma en pena.

He visto a la gata flaca

dejar el la’o del fogón

pa’que sus crías comieran

la poca carne que había.

Pero esa no es la ley de arriba:

lo que vale una madre

no se mide por la plata,

se pesa ante Dios de rodillas.

Así que, doña, perdone,

pero cuando a ese animal

le diga “hijo”, hínquese

pensando en las pobres viejas

que se queman hasta el alma

por un hijo de verdá, sin pedirle

ni una caricia de vuelta.