Un colegio de la ciudad lleva el nombre de un poeta que supo que la palabra es acto de creación, y aunque el discurso dominante lo oculta con obstinación, el heroísmo cotidiano de los profesores de primaria y secundaria es motivo de admiración. Ellos son, los paladines de un mundo posible, un mundo que resiste encuentro dialógico tras encuentro dialógico, la lógica necrófila de la opresión.
Rara vez se habla del acto de amor que una maestra realiza cuando mira a los ojos de un niño hambriento y, antes de enseñarle contenidos, le enseña esperanza. Hay aquí un acto no reconocido al saber que la dignidad del educando es la base de todo aprendizaje. En el León de Greiff veo maestros que, con salarios discretos, llegan temprano a preparar lecciones y espacios de acogida.
Resisten con sus cuerpos el modelo bancario que insiste en depositar contenidos en recipientes supuestamente vacíos, porque saben que educar es pronunciar el mundo juntos.
Lo heroico en estos profesores es una postura permanente de rebeldía contra el fatalismo, pues enfrentan aulas atiborradas de las consecuencias de la injusticia social -violencia, abandono, el cinismo de un sistema que habla de meritocracia mientras niega el pan- y, con todo, no se entregan a la desesperanza burocrática. Practican una pedagogía de la pregunta, comprendiendo que cada niño es un universo y cuando el currículo les ordena tratar a los educandos como receptores pasivos, estos maestros trabajan la palabra de manera clandestina, tejiendo lecturas críticas de la realidad con poesía, historia local, ciencia que desmitifica y arte que humaniza.
Es necesario hablar de lo no dicho, del desgaste emocional, del trabajo invisible; el maestro que media en conflictos que la familia abandonó, que escucha el susurro de un embarazo nacido de la violencia, que pacientemente desbarata los analfabetismos de un sistema que fracasa antes de enseñar. Esto es un quehacer humanista, por ello, enseñar en los territorios de este continente es escoger ser aliado en la lucha por la liberación de los oprimidos, es rechazar la cómoda posición del neutral, porque cada gesto pedagógico es domesticación o es libertad.
Al entrar a los salones del colegio hallé la risa, la risa de los muchachos que, guiados por sus maestros, descubren que pueden leer la palabra y el mundo. El profesor que celebra el primer poema de un estudiante, que guía un experimento científico con materiales reciclados, que transforma un conflicto barrial en un consejo de paz; son actos de amor convertidos en pedagogía.
Hoy, en el Día del Maestro, les reconocemos como trabajadores culturales que sostienen la frágil llama de la democracia en la sombra, su heroísmo está en su insistencia y en la esperanza. Ellos son los primeros testigos del futuro como algo que se hace -palabra a palabra, pregunta a pregunta, en el fértil y resistente silencio de un aula-. No nos limitemos a aplaudirlos. Luchemos a su lado para que su voz, su presencia amorosa y crítica deje de ser la excepción heroica y se convierta en la condición normal de una sociedad que elige ser humana.