21 Abr, 2026

Un día cualquiera

Decir “haz esto” es fácil, es de dictador. Pero tomarse el tiempo para decir “¿prefieres la manzana entera o en gajos?” es otro nivel.

Ahí donde usted ve, una mañana cualquiera la niña de 2 años, no ha terminado el mundo de despertar cuando de repente, grita “no”. La pequeña se cruza de brazos, como una vieja que ha visto injusticias y la madre, bendita ella, con el cansancio de la luna pegada a los párpados, siente un terremoto. Pero ¿sabe? Ese “no” es un “aquí estoy yo”, dicho con las pocas letras que la garganta aprendió a formar.

Ese “no”, que a muchos les raspa la paciencia es el anuncio de que la criatura deja de ser un apéndice de los sueños del adulto, para convertirse en alguien. Este no es el curso de otros tiempos donde había que vencer la “terquedad” o mantener el orden; esa pataleta o ese puño cerrado, no es un defecto de fábrica, es señal de que la planta está echando raíces.

Cuando el pequeño dice “no”, el adulto escucha un “te desafío”, pero lo que está diciendo es “reconóceme”. Y si ese grito lo aplastamos se hace serpiente, se vuelve rebeldía sorda, o sumisión sin alma. Unos niños aprenden a callar antes de hablar, otros aprenden a morder con la mirada, y en los dos casos, el mensaje es: “aquí el poder se impone”.

He visto madres que entienden el misterio. Una noche, una de ellas, frente a una hija que se negaba a dormir, se agachó y le dijo: “¿Y si te llevo en brazos y jugamos un ratito al viaje de las sábanas?”. La niña bajó la guardia y no hubo ganadores ni perdedores, porque la cooperación no nace del miedo, sino del cariño que abraza.

Déjeme contarle lo de las opciones. Decir “haz esto” es fácil, es de dictador. Pero tomarse el tiempo para decir “¿prefieres la manzana entera o en gajos?” es otro nivel, aunque no vale dar a elegir entre la espada y la pared, porque eso no es elegir, eso es someterse. La crianza, querido lector, se parece menos a un entrenamiento militar y más a una conversación de fogón.

El niño al que siempre le negamos el poder, tarde o temprano lo buscará en la mala hierba. Será en un “sin querer” que rompe el jarrón, o en una mentira pequeña, o más tarde en una decisión que le hace daño porque la impotencia no desaparece; se enquista y busca salida, como el agua busca la grieta.

“¿Cómo formo a alguien que sepa decidir bien cuando yo no esté mirando?”. Recuerdo a un padre, harto de pelear por el cinturón de seguridad. Un día, nombró a su hijo “capitán de los cinturones” y el niño se hinchó de orgullo. Santo remedio porque dejó de verse controlado y empezó a sentirse responsable. La diferencia no se ve en la infancia porque las raíces no se ven, pero con los años, esa diferencia define el árbol que seremos, y el mundo que habitaremos. Así que la próxima vez que ese “no” retumbe en su cocina, no se asuste, usted está escuchando una voz que está aprendiendo a existir con fuerza.