Después de muchos meses de campaña política estamos en los metros finales de la competencia, como cuando los atletas van arribando a la meta y el ganador se impone por décimas o centésimas de segundo. En la foto solo vemos la figura del jamaiquino Usain Bolt, los demás, así hayan llegado muy cerca, se hacen invisibles, no son nada, y solo queda el ganador, el hombre más rápido en la historia, así el segundo quede a una pequeñísima fracción de tiempo de diferencia.
La política y las elecciones son iguales, quien gana puede hacerlo por pocos votos, pero se lleva todo, el segundo no es nada, o adquiere un premio de consolación: un asiento en el Senado. Entonces, el ganador adquiere un porte mayestático y se siente y comporta como un rey, y habla a nombre del pueblo que lo eligió, acudiendo a la siempre mentirosa afirmación de que gobernará para todo un país, para todos los colombianos. Tanto Uribe como Petro se han sentido ungidos, coronados, cada uno en su momento, y bajo ese delirio han querido gobernar a su antojo para construir el país de sus fantasías, que es ajeno a la realidad compleja y diversa de la sociedad colombiana.
Uno de estos tres será el próximo presidente: Cepeda, Abelardo o Paloma. Los tres tienen miradas parciales, y a veces precarias, de la realidad nacional. Los tres también presentan y representan reclamos válidos de diferentes sectores de la sociedad. Pero ninguno de ellos tiene la capacidad para integrar la extrema complejidad colombiana en un proyecto de gobierno. Cepeda parece incapaz de apropiarse en su discurso de las realidades económicas, sigue creyendo que el Estado es un saco sin fondo de donde puede salir dinero para todo y que los agentes del mercado son los enemigos. No lo dice así, pues no es tonto, pero sus respuestas evasivas y sus generalidades ambiguas evidencian su incapacidad de ver realidades tan difíciles como el creciente déficit fiscal, o la posibilidad de maniatar a las fuerzas productivas con toneladas de regulaciones bienintencionadas, pero muy nocivas desde el gobierno.
Abelardo está en la antípoda de Cepeda: niega el rol preponderante del Estado, así quiera ser la cabeza de ese Estado, y aspira a volverlo raquítico; exalta hiperbólicamente los negocios privados creyendo que solo la actividad empresarial traerá bienestar para todos; lo suyo es la magnificación del poder, desconociendo que el Estado en sí mismo es el poder que se autolimita y que genera una arquitectura de equilibrios institucionales para evitar el despotismo.
La izquierda de Cepeda y la ultraderecha de Abelardo carecen de visión panorámica, ven solo la mitad, a lo sumo, de las realidades sociales, y por eso es tan difícil que lleguen a gobernar para todo un país.
Paloma Valencia viene de una tradición conservadora, de jerarquías, de derecha dura, y tampoco ha mostrado tener las condiciones para una comprensión global de la gran complejidad de Colombia. Pero la presencia de un extremista como Abelardo hace el milagro de darle a ella un toque de moderación. Ojalá ocurra otro milagro: que Paloma gane en ponderación y sindéresis.
Votaré por Sergio Fajardo, quien no sale ya en la foto. Creo que su propuesta, y en general en las que están en el centro político, son las más convenientes para un país, repito, tan complejo como Colombia. En tiempos en que tanto se habla del voto útil, optaré por un voto de optimismo, pensando que más adelante será posible que haya gobiernos decentes, éticos, sensibles y sensatos.