A menos de un mes de la primera vuelta presidencial las figuras de los candidatos se hacen omnipresentes, los vemos y oímos todo el día y la noche: en la televisión, la radio y en las intrusas redes sociales. Nos realizan emboscadas y nos persiguen hasta en el baño. Los aspirantes se transforman en vendedores, culebreros, payasos y bufones, buscando de las maneras más heterodoxas, extravagantes y bizarras conquistar el querer y el voto de los ciudadanos. Y las propuestas son simplistas, toscas, irresponsables, efectistas, llenas de lugares comunes y engañosos. Prometen el paraíso en cuatro años. Definitivamente tenemos un problema muy grande en la calidad de los candidatos. Hay una farsa costosa en términos políticos y sociales.
Pero esta mirada es limitada, miope, si no revisamos la otra cara de la moneda: los electores. Es impresionante, muy desconsolador, ver la manera tan rústica, precaria, en que los ciudadanos escogen sus candidatos y dan su voto. A todos los niveles. Unas veces excusables, otras no. Hay un contraste brutal entre el acceso a fuentes de información y la formación del criterio del votante de cara a unas elecciones. Esa es una de las grandes paradojas de este tiempo de la hiperconectividad: tantas opciones de información y al final la formación de un pensamiento tan pobre. Amplios sectores de la población lo ignoran todo, o casi todo, del proceso político, de cómo se confecciona un gobierno y la totalidad del Estado, y no es su responsabilidad, no es su culpa; son en últimas las víctimas de un sistema excluyente de muchas décadas, excluyente también en formación e información. Aquí es donde el clientelismo y los políticos-mercaderes y mercenarios hacen su feria.
Pero hay otro tipo de ciudadano al que se le puede exigir más, mucho más, en su formación, y finalmente en sus decisiones. Personas de clase media en su mayoría, con estudios universitarios, que en vez de entender la tremenda complejidad que representa una sociedad como la nuestra; de saber que el Estado tiene límites y condiciones y es una construcción de mucho tiempo, se conducen de una manera primaria, tan elemental en ocasiones que llegan a la obscenidad. Las redes sociales son el escenario de batallas de la suciedad política, donde unos insultan a otros, donde tanta gente obra de manera infantil, y es como si se borrara de un tajo su formación respaldada en títulos académicos. Entonces lo único que opera es un acople entre el candidato simplista y manipulador y el niño-votante que solo quiere el caramelo de su predilección.
Cepeda promete únicamente la redención de los oprimidos, pero desconoce las posibilidades del Estado y la economía, y la imperiosa necesidad de doblegar militarmente a todas las organizaciones armadas mafiosas, a pesar de llevar 16 años como servidor público, como congresista. Abelardo de la Espriella vende un mundo de un orden neurótico autoritario, donde todo obedece a la lógica mercantil, con un desconocimiento descarado, criminal, de la gran diversidad en nuestra sociedad. Paloma Valencia, más moderada que Abelardo, hace honor a los postulados conservadores del orden, con una mirada de la sociedad limitada y de viejas jerarquías. Uno de estos tres candidatos será el próximo presidente.
Donde hay un pensamiento más elaborado, una reflexión más profunda sobre realidades y posibilidades, ahí, hay muy pocos votos, muy pocos ciudadanos.