Opinión
22 Abr, 2026

La política: rabias, temores, odios y códigos binarios

En esta campaña afloran rabias, odios y temores, y se obnubila la mente para pensar más allá de blanco y negro.

La política ha sido siempre un terreno de amores y odios, de maniqueísmo donde los que se agrupan en el partido A son enemigos de los del partido B, y donde cada cual se percibe como bueno y los demás son malos. La democracia ante todo pretende que estas animadversiones y disputas se moldeen y pulan, para básicamente evitar la violencia y permitir la coexistencia de todos. Pero no siempre logra su cometido y en ocasiones los políticos, gobernantes y ciudadanos derrumban los diques de la civilidad, o sea las instituciones, y ese desborde se traduce en muerte y destrucción, como en las guerras civiles. Un ejemplo palmario de nuestra historia es el período de La Violencia conservadora-liberal a mediados del siglo pasado, que en número de pérdida de vidas (entre 200.000 y 300.000) y degradación de la dignidad humana llegó a niveles escalofriantes.

El actual clima de crispación, tensión y rivalidad exacerbada, no es un fenómeno exclusivo de Colombia, es la marca que distingue al mundo entero, que también afecta a las democracias que hemos considerado como las más avanzadas y sofisticadas: Estados Unidos con Trump, Francia con Marine Le Pen, España con Vox y Santiago Abascal, Alemania con AfD, expresiones de ultraderecha en los países nórdicos, y la lista continúa.

El gobierno del presidente Petro y la oposición más severa han hecho su aporte para esta dinámica de bueno-malo, de enemigos, y la campaña presidencial en curso ahonda esta enconada confrontación, donde las posturas y reflexiones que no estén alineadas como soldados para la batalla son arrinconadas y en últimas eliminadas. El presidente, su bancada, y su candidato tienen gran responsabilidad en la gestación de esta tormenta; también la oposición más radical, representada por el Centro Democrático y especialmente por el candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella. Pero los ciudadanos también tenemos parte en estos estados malsanos de vida social.

Un ejemplo de la responsabilidad de los políticos es la propuesta del candidato de la izquierda Iván Cepeda al proponer un debate público exclusivamente con los “candidatos de la ultraderecha” De la Espriella y Valencia, no mencionándose él como de izquierda, solo como representante del progresismo; o sea, los tres en un pugilato lleno de condiciones acomodadas a su conveniencia. Cepeda anula, aniquila de un tajo a los demás candidatos relevantes, que en últimas representan posturas de centro, y vende este posible debate como un duelo, o son ellos o nosotros. El frío y reposado candidato mete de contrabando una visceral y maniquea visión de la política en esta campaña.

A nivel de la interacción ciudadana, podría dar como ejemplo reacciones que hubo respecto a mi última columna sobre Abelardo de la Espriella, a quien describí como un candidato impresentable y altamente inconveniente para conducir la nación, y que tanto su persona como su proyecto político tienen profundas grietas morales y éticas. Y sugería que si alguien es de derecha, tenía una mejor opción en Paloma Valencia. Amigos y conocidos me increparon por supuestamente hacer politiquería al criticar al Tigre, de estar muy viejo y bobo por lo mismo, de petrosantista envidioso.

En esta campaña afloran rabias, odios y temores, y se obnubila la mente para pensar más allá de blanco y negro, como máquinas computacionales que solo obedecen a códigos binarios de 0 y 1.