14 Jun, 2026

Inteligencia vaticana

La Inteligencia Artificial está a la cabeza de tales ventajas e inconvenientes. Su desarrollo vertiginoso y las aplicaciones prácticas que cada vez aumentan

Encuestas en el mundo desarrollado muestran la irritación de las personas con la tecnología. La dificultad para asimilarla a la velocidad con la que avanza, mutó a miedo y, ahora, a un principio de rechazo. Lo que empezó considerándose útil, ha ido virando a herramienta peligrosa. El alborozo entre los jóvenes por su acceso a las redes, se torna en duda para padres y maestros. Lo que la economía privada había descubierto como vehículo expedito hacia la voluntad de los consumidores, hoy es centro de estafas, jaqueos, amenazas y persecución que muchas veces perjudica precios, marcas, prestigios e integridades.
La que nos acercaba a límites máximos de humanidad, la técnica avanzada y dinámica, se convierte en reto ético y peligro existencial. Es necesario confiar y promover el avance tecnológico para enfrentar entre otras cosas, las amenazas de extinción futura que nos plantean al cambio climático, el envejecimiento generalizado y las pandemias. La tecnología nos hace la vida más fácil, más abierta a nuevos descubrimientos y capacidades.
Pero se impone que, lo más conjuntamente posible, demos a esos avances orientación adecuada desde el punto de vista ético y humano, reglamentando su uso, reprimiendo su abuso y protocolizando las motivaciones y perfiles éticos de los programadores y comercializadores.
La Inteligencia Artificial está a la cabeza de tales ventajas e inconvenientes. Su desarrollo vertiginoso y las aplicaciones prácticas que cada vez aumentan en todo campo de la vida humana, son núcleo del debate universal, la primera amenaza generalizada y la gran oportunidad de avance hacia un nuevo estadio en nuestro paso fugaz por el universo. Es al mismo tiempo aliada y enemiga del trabajo.
Ventana y óbice de la creatividad intelectual. Herramienta contra la corrupción y su potenciadora. Base de una nueva libertad política, y freno de las libertades del ciudadano. Todo depende de quién la desarrolle, de quién la controle y de cómo se utilice por las familias, por los jóvenes, por el sistema educativo y económico, y por los bandidos.
Con uno de los impactos más trascendentes de los que se tenga noticia, el papa León XIV expidió la Encíclica “Humanidad Magnífica”, de obligatoria lectura, referida a la ya manida pero no zanjada relación entre religión y ciencia, dando luces primordiales sobre la IA y sus connotaciones humanas.
Se centra en que la IA edifique el bien evitando las palabras que humillan o enfrentan. Urge la alfabetización digital y la medición de su impacto social. La IA no tiene juicio propio sobre el bien y el mal: solo el de quien la creó, alimentado por el aprendizaje generalizado de otras IA, sin crecimiento interior. Es fácil, es rápida y por ello genera sensación de verdad.
Es necesario “custodiar juntos la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra casa común”, dice la carta, e impedir que su arrolladora carrera fortalezca un monopolio corporativo moldeador de la humanidad perezosa, que confía ciegamente en lo que sea fácil, así no sea cierto.