Encuestas en el mundo desarrollado muestran la irritación de las personas con la tecnología. La dificultad para asimilarla a la velocidad con la que avanza, mutó a miedo y, ahora, a un principio de rechazo. Lo que empezó considerándose útil, ha ido virando a herramienta peligrosa. El alborozo entre los jóvenes por su acceso a las redes, se torna en duda para padres y maestros. Lo que la economía privada había descubierto como vehículo expedito hacia la voluntad de los consumidores, hoy es centro de estafas, jaqueos, amenazas y persecución que muchas veces perjudica precios, marcas, prestigios e integridades.
La que nos acercaba a límites máximos de humanidad, la técnica avanzada y dinámica, se convierte en reto ético y peligro existencial. Es necesario confiar y promover el avance tecnológico para enfrentar entre otras cosas, las amenazas de extinción futura que nos plantean al cambio climático, el envejecimiento generalizado y las pandemias. La tecnología nos hace la vida más fácil, más abierta a nuevos descubrimientos y capacidades.
Pero se impone que, lo más conjuntamente posible, demos a esos avances orientación adecuada desde el punto de vista ético y humano, reglamentando su uso, reprimiendo su abuso y protocolizando las motivaciones y perfiles éticos de los programadores y comercializadores.
La Inteligencia Artificial está a la cabeza de tales ventajas e inconvenientes. Su desarrollo vertiginoso y las aplicaciones prácticas que cada vez aumentan en todo campo de la vida humana, son núcleo del debate universal, la primera amenaza generalizada y la gran oportunidad de avance hacia un nuevo estadio en nuestro paso fugaz por el universo. Es al mismo tiempo aliada y enemiga del trabajo.
Ventana y óbice de la creatividad intelectual. Herramienta contra la corrupción y su potenciadora. Base de una nueva libertad política, y freno de las libertades del ciudadano. Todo depende de quién la desarrolle, de quién la controle y de cómo se utilice por las familias, por los jóvenes, por el sistema educativo y económico, y por los bandidos.
Con uno de los impactos más trascendentes de los que se tenga noticia, el papa León XIV expidió la Encíclica “Humanidad Magnífica”, de obligatoria lectura, referida a la ya manida pero no zanjada relación entre religión y ciencia, dando luces primordiales sobre la IA y sus connotaciones humanas.
Se centra en que la IA edifique el bien evitando las palabras que humillan o enfrentan. Urge la alfabetización digital y la medición de su impacto social. La IA no tiene juicio propio sobre el bien y el mal: solo el de quien la creó, alimentado por el aprendizaje generalizado de otras IA, sin crecimiento interior. Es fácil, es rápida y por ello genera sensación de verdad.
Es necesario “custodiar juntos la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra casa común”, dice la carta, e impedir que su arrolladora carrera fortalezca un monopolio corporativo moldeador de la humanidad perezosa, que confía ciegamente en lo que sea fácil, así no sea cierto.
14 Jun, 2026
Inteligencia vaticana
La Inteligencia Artificial está a la cabeza de tales ventajas e inconvenientes. Su desarrollo vertiginoso y las aplicaciones prácticas que cada vez aumentan