El concepto de “rebaño” expresado por Friedrich Nietzsche se refiere a la tendencia de las personas a pensar, sentir y actuar como la mayoría, evitando el conflicto, la diferencia o el riesgo de ser rechazados. Ser parte del rebaño no es una decisión, sucede en forma gradual y a ello contribuyen el hogar, la escuela, las iglesias y los partidos políticos, entre otros. Incluso en ello cae la profesión de la Sicología cuando asume que su rol es el de “normalizar” el comportamiento de las personas. La obediencia, la ambición, la fortaleza y el consenso son metas que garantizan ser exitosos en el proceso de asimilación a las mayorías. En ese contexto lo diferente se percibe como amenaza, no como posibilidad. Y cuando ello sucede es porque hemos renunciado a pensar críticamente y a cuestionar lo establecido; pasa porque le tememos a la soledad y a valorarnos y valorar nuestra forma de ser, y porque resulta más cómodo heredar y asumir un código de valores establecido, sin reflexión.

Aunque un poco más traumático, pero no menos cómodo, resulta llevarle la contraria a todo el mundo. Pero no nos confundamos, ese comportamiento es reactivo, no autónomo, y esa persona sigue dependiendo del grupo, porque lo necesita para oponérsele. La diferencia entre el opositor sistemático y el autónomo no depende de que coincida o no con el grupo, depende de que la persona piense; es decir, que sea capaz de examinar, deliberar y asumir responsabilidades por lo que sostiene. Su postura es su elección, independiente de que coincida o no con la mayoría, de que le reconozcan o no su proceso interno para asumir posición, o de que su postura resulte incómoda o impopular.

Podemos ponernos de acuerdo en que la autonomía no consiste en oponerse, sino en pensar y crear criterio propio, y ese es un logro del pensamiento crítico. En política, esa distinción se vuelve crucial: cuando las campañas de la derecha proponen “votar libremente”, mientras señalan como amenaza las propuestas alternativas, moldean el miedo más que el juicio. El votante que rechaza sin examinar no es autónomo, sino reactivo. La presión por defender el orden o la moral dominante puede producir el “rebaño” bajo apariencia de una elección autónoma. La verdadera autonomía exige evaluar propuestas por encima de las consignas previas, incluso si ello incomoda tradiciones o poderes consolidados.

El riesgo en las elecciones no está solo en seguir al rebaño, sino en creer que elegimos libremente cuando en realidad respondemos a estímulos cuidadosamente diseñados. La estrategia mediática de la derecha parece orientada a posicionar a Paloma Valencia y a Abelardo de la Espriella mediante narrativas que apelan al orden, al miedo y a la defensa de valores tradicionales. No es necesariamente una invitación a pensar, sino a reaccionar.

Mientras tanto, el Pacto Histórico corre el riesgo de cerrarse en sí mismo si desconoce la potencialidad de otras candidaturas que podrían ser decisivas para una segunda vuelta con Iván Cepeda.

La autonomía política exige algo que es muy incómodo: evaluar matices, reconocer alianzas posibles y resistir la tentación de elegir por inercia o afinidad mayoritaria. Elegir de verdad implica un esfuerzo mayor, pero es el único antídoto frente a la ilusión de libertad que ofrece el rebaño.

Posdata: En mi caso el candidato es el programa.