Una de esas frases que trascienden el recorrido histórico, y se incrustan en la memoria de los pueblos, la pronunció el presidente Kennedy de los Estados Unidos (1961-1963): “Hablemos de las cosas que nos unen y no de las que nos separan”. El estadista tenía claro en su ideario que el poder se alcanza para servir a la nación sin exclusiones sociales o ideológicas. Así se conquista un sitio de honor en la historia, favoreciendo a todos los gobernados desde el bienestar general, especialmente en factores vitales como la igualdad, tan invocada como despreciada. (La campaña de Kennedy, por fortuna exitosa, para eliminar la discriminación racial, costó la vida del joven y promisorio mandatario).
Quienes persiguen el poder por la vía democrática, sin más valores que la ambición, distinto a verdaderos líderes, humanistas con vocación de servicio, persiguen los votos que necesitan conquistando comunidades marginadas, fáciles de seducir con argumentos falaces, dádivas pasajeras y utopías de igualdad social, que calan en mentalidades culturalmente débiles.
El verdadero estadista admite las diferencias, pero procura suavizar sus efectos negativos, para lo cual es indispensable el manejo acertado y honesto de los recursos públicos; el fomento de la educación (“laica, gratuita y obligatoria”, como lo ha propuesto el liberalismo desde el siglo XIX, con resultados prácticos relativos, pero vigente como objetivo); la garantía de un sistema de salud de fácil acceso y amplia cobertura; la disponibilidad para todos los sectores sociales de vivienda digna y segura y, en fin, todo lo que convoque a las comunidades alrededor del bienestar, aunando esfuerzos la administración pública con la producción, la creatividad tecnológica y científica, la espiritualidad como inspiradora de valores esenciales y la solidaridad, base de la convivencia. Grandes valores del pensamiento político han practicado estos objetivos con universalidad, sin exclusiones sectarias, o los han sugerido a los gobernantes que asesoran. Muchos de tales objetivos han trascendido los siglos en frases contundentes que invocan y tienen como paradigma los líderes con vocación humanística y desconocen arribistas (carangas resucitadas), cuya meta es el poder, que ejercen con pequeñez, ética e intelectual.
Dejando a un lado la filosofía política y ubicando el tema en la realidad democrática colombiana del momento, ante la expectativa de unas elecciones presidenciales cruciales para el futuro de la Nación, es oportuno invocar una frase que alerte a los abstencionistas: “Los malos gobiernos los eligen los que no votan”.
Ha hecho carrera la injerencia de dineros sucios en las decisiones democráticas, lo que pervierte el sistema y favorece a sectores criminales. ¡Ojo con eso! En la amplia baraja de candidaturas que se presenta para las elecciones de mayo próximo, las opciones son: continuar con el populismo depredador, con expectativas de empeorar, o escoger un gobierno digno, en valores y objetivos, que obre con grandeza y honestidad, sin mezquindades revanchistas ni abusos con los recursos económicos, que son patrimonio de todos los colombianos.
20 Mar, 2026
Pensar y obrar con grandeza
Ante la expectativa de unas elecciones presidenciales cruciales para el futuro de la Nación.