Los columnistas de medios de comunicación, supuestamente, son orientadores de opinión, para analizar hechos relevantes que afectan a las comunidades y sugerir procedimientos y decisiones que las beneficien; o alertarlas para evitar que se equivoquen al tomar partido en asuntos trascendentales, como elegir gobernantes y legisladores entre los candidatos a cubrir tales dignidades, en procesos democráticos a veces cuestionables, por manipulación de electores, trampas en los comicios o robos flagrantes, como ha sucedido en Venezuela.
En Colombia, en este momento histórico, cuando se aproximan unas elecciones presidenciales que definirán el futuro de la Nación, intervienen intereses que benefician a individuos y grupos políticos a los que no motiva nada distinto de alcanzar beneficios personales, escalar posiciones burocráticas y sacar provecho del erario para enriquecerse. Y, de paso, fortalecer económicamente al entorno familiar, amistoso o gremial, para apoyar futuros eventos “democráticos” que les permita mantenerse en el poder.
No siempre la conducción de la opinión pública es saludable y honesta, porque en este oficio, como en toda actividad humana, la maldad alterna con la nobleza, permeando la conciencia de comunidades carentes de capacidad para discernir, que van a las urnas a ejercer el derecho al voto como la res que camina sumisa hacia el matadero. Tales resultados electorales distan de lograr decisiones sanas, que contribuyan a mejorar la calidad material y moral de las comunidades; y, por el contrario, encumbran a quienes pervierten el sistema democrático.
Salvo excepciones que, a nivel mundial, pueden contarse en los dedos de las manos, la política se ha identificado con el engaño, la mentira y las ambiciones personales, carentes de humanismo y filantropía; y más bien inspiradas en la egolatría, los delirios de grandeza y los sueños de poder. Pero las excepciones enaltecen el sistema que se originó en la antigua Grecia y se ha refinado con el correr de los siglos, hasta alcanzar en algunos países la perfección, que garantiza una calidad de vida ideal para los connacionales.
En una de sus geniales frases, Churchill, el irrepetible primer ministro británico, definió la democracia como “el peor de los sistemas de gobierno, salvo todos los demás”. Colombia, tras el ideal de alcanzar gobiernos de excelencia, está en “lista de espera”, como los pasajeros sin cupo en los aeropuertos.
La baraja de candidatos a gobernar a Colombia a partir del 2026 es variada, pero ninguno de los aspirantes, salvo el que apoya el gobierno “del cambio”, de trasnochada ideología comunista, es despreciable. Ninguno es indigno. Pero hay que fortalecer electoralmente a uno con la capacidad, el carisma, la honestidad y la formación en asuntos de Estado suficientes para que pueda tener un resultado en las urnas que evite continuar por el despeñadero al que va al país, de la mano de una administración inepta y corrupta, que juega con los recursos públicos a favor de sus delirios de líder providencial.
Este columnista anuncia su voto el 31 de mayo próximo, para presidente, por Paloma Valencia Laserna y convoca a imitarlo, para bien de Colombia.
04 May, 2026
Elegir y acertar
La baraja de candidatos a gobernar a Colombia a partir del 2026 es variada, pero ninguno de los aspirantes, salvo el que apoya el gobierno “del cambio”.