Mientras se aclara el panorama político de Colombia, con miras a las elecciones parlamentarias y presidenciales, han cumplirse durante este año 2026, que se mueven en un mar de incertidumbres por la fronda inusitada de aspirantes que han hecho harto confuso el panorama, pueden las opiniones refugiarse en la filosofía política, basada en la trayectoria histórica.
Decantando los sistemas que han gobernado los países, puede concluirse que el más eficiente y útil a las comunidades ha sido la democracia fundamentada en tres poderes independientes: ejecutivo, legislativo y judicial, regidos por una Constitución Política que les señala funciones, cuyos dictados son de obligatorio cumplimiento.
En el orden operacional, el sistema más eficiente ha sido el régimen federal, que concentra en el Estado central asuntos vitales como el manejo monetario, las relaciones exteriores y la seguridad nacional, los más relevantes, y delega en organizaciones regionales de características homólogas (departamentos o estados) el desempeño operativo, cada cual con presupuesto y procedimientos autónomos, que se identifican con las particularidades sociales y económicas de cada región para hacer más eficiente y realista la administración pública.
El sistema de democracia y federalismo garantiza que haya países grandes con estados pequeños, en los que la autonomía regional garantiza desarrollos que se consolidan en crecimiento armónico y bienestar general y el Estado se concentra en vigilar su desempeño, de modo que se ajuste al mandato constitucional, a las leyes y al ordenamiento jurídico.
En Colombia, desde los albores de la República, cuando los líderes de la independencia estudiaban el modelo de gobierno más conveniente, el debate se centraba entre el centralismo y la federación. Las diferencias se resolvían por las armas, como solían hacer líderes de ideologías distintas. Esa fue la constante durante todo el siglo XIX. En 1863 se proclamó la Constitución de Rionegro, federalista, que creó estados soberanos que, más que desarrollos regionales, atizaban conflictos bélicos entre ellos, por diferencias políticas, como la Antioquia conservadora y el Cauca liberal.
Eran tan ilusorios los postulados de tal Constitución del 63, que Víctor Hugo, el destacado poeta y político francés, cuando conoció el texto, dijo que esa era una “Constitución para ángeles”. El engendro se resolvió con la Constitución del 86, de Núñez (Rafael) y Caro (Miguel Antonio), de corte conservador y centralista, que, en esencia, se mantuvo vigente, con algunas reformas, hasta 1991 cuando se proclamó la Carta Magna que rige al país actualmente que, con frecuentes remiendos, modernizó las instituciones, ajustándolas a sistemas administrativos, económicos, legislativos y judiciales más modernos, inspirados en los derechos humanos, la globalización y el desarrollo tecnológico.
Caudillos populistas, de izquierda o derecha, buscan convocar constituyentes para introducir reformas a la medida de su apetito de poder. Las más importantes: permitir la reelección; asumir el control monetario y restarles poder al legislativo, a las entidades de control y a la justicia. Dictadura maquillada.