Evidentemente: Ya pasó todo el ruido postelectoral inmediato al 8 de marzo. El nuevo Congreso, un decir, ha sido decidido. Entre 96% y 99% estará compuesto por los legisladores que han sido anunciados. Vendrán veredictos legales que podrán modificar el cuerpo colegiado.
Ha sido la sentencia de los electores, libres o sometidos por variadas razones, algunas producen al menos ira. Las urnas también facilitaron las decisiones que permitieron la selección de candidatos para integrar la lista final a la Presidencia de la República. Los escogidos se habían comprometido a someterse al veredicto popular, más sus nombres y trayectorias, que sus programas.
Ya están definidos los candidatos, salvo fuerza mayor, con sus respectivos aspirantes a la Vicepresidencia, escogidos por ellos mediante ejercicios colectivos o individuales de su única responsabilidad. Inclusive, están a pocas horas de conocer el importante lugar asignado por sorteo dentro del tarjetón, con especiales fines logísticos y publicitarios.
Hay números mejores que otros, por lo atractivos que incluye repetición y memoria. ¿No es más fácil el 55 que el 42 o el 69 que el 27, pero el mejor sería 100? En este excepcional caso la suerte podría ayudar al éxito, porque en lo demás la suerte no lidera el triunfo.
Los candidatos, ahora en plena organización de su campaña, nombran sus asesores de toda clase, solos o en una mezcla de sugerencia e imposición, a veces a contrapelo. Algunos anuncian o le nombran o le sugieren personas para su primer equipo ministerial, todo con carácter promocional de campaña. ¡Increíble pero cierto!
El tema electoral propicia toda clase de análisis: Lo que fue y lo que no. Cada ciudadano con interés en política, ojalá todos porque serán receptores de acciones y dolientes de omisiones, tiene sus conceptos que los guarda o los difunde; los discute abiertamente o calla para un círculo íntimo.
Sin embargo, un aspecto que debe ser analizado profundamente, aunque la historia relate episodios similares, es la ausencia de electores en las urnas. Esta vez, como se ha escrito, hubo una abstención alrededor del 50%. Indica sin atenuantes que la mitad de la población decidió el futuro inmediato del país. ¡Irreversible!
De otro lado, asoma el hecho de lo que se debe conocer como la Soledad del Cubículo, referido como el momento en el cual el elector marca, bien o mal, o deja de marcar su papel impreso, con su dictamen. Allí decide en contra o a favor de sus intereses o recomendaciones, por decir lo menos, que llevaba en su intimidad.
Los segundos o minutos se convierten en una eternidad cuando hay confusión e indecisión. De allí el resultado de aproximadamente 2 millones de votos entre no marcados o nulos. En primer lugar, es responsable el Estado y en segundo lugar la lista es larga, incluyendo al elector. ¿Cuántos de los que marcaron técnicamente bien, lo hicieron a su leal entender y decidir?
El voto en blanco es un índice de franqueza. Han comenzado las encuestas. De todos y para todos.