Estamos en una sociedad que privilegia ciertos valores estéticos y culturales sobre otros. Ese privilegio no es equitativo, dado que está mediado por los medios de comunicación y el mercado de entretenimiento. Hay en nuestro país artistas, gestores e investigadores que hacen grandes aportes a la cultura y no son reconocidos como se debe.
Beatriz González murió el 9 de enero, mujer artista vanguardista que abrió el camino a muchas otras. Yeison Jiménez murió el 10 de enero, cantante que abrió puertas a un género considerado hasta hace unos años de menos calidad. Ambas muertes son importantes, pero el duelo colectivo es distinto, y esa diferencia llama la atención.
Puede analizarse, por ejemplo, el cubrimiento de los medios tradicionales de ambos sucesos. Mientras esperábamos las notas sobre la muerte de la maestra, llegó un tsunami de cubrimientos sobre el lamentable suceso de Yeison. En el noticiero que vimos en casa nunca apareció la nota sobre la maestra. Pensamos entonces que quizá era normal: todos o casi todos sabíamos algo de Yeison, y muchos no sabían nada de Beatriz.
Esa situación habla de cómo construimos nuestros referentes culturales como país. No se trata de jerarquizar géneros ni de deslegitimar gustos. El asunto es otro: cómo construimos nuestros referentes culturales como país y cómo distribuimos el reconocimiento. No hay una muerte más importante que otra. Quizá el tema no esté en la muerte misma, sino en cómo, en vida, los medios, y nosotros mismos, servimos de bocina solo para una parte de lo que se produce en el arte. Normalmente, aquella parte que llena estadios que está en las noticias de farándula, o a la que se le atribuye un escándalo o una excepcionalidad. El resto de la producción artística y simbólica camina por las calles de manera anónima, sin reflectores.
Todo hace parte del mismo universo; el problema es que no le damos el mismo valor. Estamos en deuda con que en los colegios se piense el canon artístico que damos a conocer a los niños y niñas. Botero es importante, pero Beatriz y Débora también. Gabo es único, pero Maruja también. Las emisoras y las redes se encargan de que conozcamos a Yeison, ¿qué hacemos para que más personas conozcan a tantos otros que enriquecen nuestro universo sonoro y visual? La tarea es ardua.
Ahora bien, no cabe duda que el reconocimiento y la valoración atraviesan otro asunto: el centralismo. En Colombia, las tres capitales más grandes son caja de resonancia de obras y artistas; quienes son de otras regiones migran buscando esos amplificadores. Es una dinámica histórica difícil de transformar en el corto plazo. Pero, en ciudades intermedias, podríamos hacer mucho más para fomentar la valoración de otros referentes: leer más a los nuestros y nuestras, oír más a nuestros músicos, fomentar las exposiciones de nuestros artistas. En Manizales escuché la propuesta de que la avenida Paralela se llamara avenida Maruja Vieira. ¿Por qué no? Sería una interesante acción pedagógica para que, por lo menos, la gente pregunte: “¿ella quién es?”.
Hace unos días falleció el maestro manizaleño Guillermo Rendón. Unos pocos acudimos a las exequias y ese fin de semana estuvo marcado por silencios. Algunos lo catalogan como sabio; sin duda lo era. Esperemos que esa sabiduría pueda replicarse, enseñarse, apreciarse acá en su tierra.