29 May, 2026
¿Cómo está usted dispuesto a gobernar?
¿Amigo/a futuro/a presidente/a, alcalde/sa, gobernador/a estaría dispuesto a cambiar la estructura clientelar por una más democrática y meritocrática?
Cada cuatro años, o cada dos, o incluso menos, en los encuentros de responsables de bibliotecas o casas de la cultura de cualquier departamento de Colombia hay un revolcón, llegan una gran cantidad de rostros nuevos. Muchos nunca habían trabajado en una biblioteca, pero hicieron campaña y ganaron, y les tocó como “tajada” el contrato de la biblioteca. Un grupo de titanes intenta formar, sensibilizar a ese grupo, hasta que vuelve y empieza el ciclo.
Hace unos días escuché la charla de Veveu Arruda quien, invitado por la Fundación Lúker, vino a socializarnos su experiencia de cuando fue alcalde y logró transformar la educación de uno de los municipios más pobres de Brasil.
Toda su conversación fue inspiradora, pero en mi cerebro reservé un especial espacio a aquella parte donde contó que, para lograr el objetivo de mejorar los estándares educativos se propusieron rodearse de los mejores profesionales, y para ello, contrataron a quienes pasaban unas importantes pruebas en las que evaluaban conocimientos, capacidad de gestión, liderazgo e integridad para cada uno de los cargos, sin importar la afiliación política. Se creó una capa burocrática cualificada, pero no en el sentido peyorativo que ha tomado la palabra en el último siglo.
El sociólogo Max Weber concibió la burocracia como un tipo de poder que se ejerce desde el Estado, y que está llamado, desde el punto de vista técnico, a lograr el grado más alto de eficiencia, en tanto es el medio formal y racional capaz de aportar mecanismos eficaces de control de la gestión administrativa.
Quienes hacen que funcione el Estado son un grupo de personas, que en el deber ser, deberían estar altamente capacitadas para, sin importar la línea gubernamental, hacer que lo estatal funcione. Pero en Colombia pasan dos cosas, por un lado, la carrera administrativa se queda corta para las necesidades reales y por eso abundan las plantas temporales, provisionalidades y los contratistas. Pero sobre todo, estos últimos, no se volvieron la excepción sino la regla, porque, entre otras cosas, son la mejor vía para pagar favores políticos.
Entonces cada cuatro años quienes hacen que el Estado funcione cambian, si corren con suerte pasan a otro contrato o no consiguen ninguno. Y con ellos se va la memoria institucional, la experiencia de la gestión y hasta ¡los contactos telefónicos!
¡Que fragilidad la de un Estado así! La gestión pública requiere una importante masa técnica, cualificada y no precarizada y que respondan ética y responsablemente a semejante responsabilidad. Eso debe incluir a las personas de confianza del gobernante.
¿Amigo/a futuro/a presidente/a, alcalde/sa, gobernador/a estaría dispuesto a cambiar la estructura clientelar por una más democrática y meritocrática? ¿Estaría dispuesto a contratar a quien no le hizo campaña, pero es la persona más cualificada para lograr el propósito de su comunidad? ¿Estamos dispuestos a cambiar de verdad para avanzar de verdad?
Que poderosos seríamos si como en el caso de Brasil, el profesor o el bibliotecario sea quien sabe algo del oficio, pero sobre todo, está convencido de por qué y para qué está un servidor público en una escuela o una biblioteca.