No se había cerrado el 2025 y ya las calles de los municipios y ciudades empezaban a ser invadidas por rostros de personas interesadas en ser elegidas en las próximas justas electorales. Sus rostros, números del tarjetón y logos interrumpían los alumbrados y el espíritu navideño. Parecía una carrera por conquistar la mejor valla o la mejor esquina.
Ante esta presencia en el paisaje urbano, surge la pregunta de si hay gente que vea la publicidad y decida votar por esa persona. O si es una maniobra que busca que usted recuerde quién le hizo tal favor o lo ayudó a gestionar un contrato. Y si una persona quiere votar por las propuestas, en ninguna parte de la publicidad se identifica a dónde acudir para conocer las propuestas de los candidatos.
Escogí unos cuantos nombres al azar para “googlear” y buscar propuestas. De 6 indagados solo encontré 1 página, con propuestas, pero que aún parecen en construcción (por lo menos en la web). O no supe buscar, o no existe en el ciberespacio la información. ¿Cuántas personas harán el ejercicio de buscar las propuestas? Muy pocas, yo también lo he hecho solo en contadas ocasiones.
Nuestra cultura política o cultura democrática deja mucho que desear y por eso somos fácilmente manipulables por imágenes, algoritmos, “chismes” virtuales, impresiones personales que influyen en nuestra principal herramienta democrática: el voto.
La construcción de ciudadanía es un asunto venido a menos. En la formación básica, las ciencias sociales han venido perdiendo espacio; la cultura se ve como la herramienta para la presentación de fin de año, pero no como el espacio ideal para aprender y ejercer la real ciudadanía. Los colegios plantean la relación de derechos y deberes sin una mirada crítica de la sociedad donde los ejercemos.
Por su parte, la mayoría de universidades no ven la formación democrática como relevante, forman técnicamente, y muy bien, médicos, ingenieros, abogados, contadores, comunicadores, pero la formación ciudadana pasó a un segundo plano o no existe.
Mientras eso pasa, los grupos políticos sí entienden nuestra vulnerabilidad. Se necesita empleo, ofrecen contratos; se necesita comida, ofrecen mercados; se necesita casa, ofrecen tejas y cemento; se necesita dinero, dan dinero.
Además, esos grupos han entendido el poder de las redes sociales, las análogas y las digitales. Se manipula el algoritmo para crear una imagen propia y de los otros, basada en ataques y no en propuestas, basada en realidades a medias. Ya no solo toca lidiar con la falta de propuestas y los engaños “presenciales” sino también con los virtuales.
Y así, se vienen otras elecciones y siento el agobio de la imagen que entorpece el paisaje mientras vamos de pueblo en pueblo o en mi bella ciudad. Siento el agobio de querer votar a conciencia, pero de no encontrar información alrededor de las propuestas. Siento el agobio por mí, pero también por no entender cómo llegan a las urnas mis vecinos y colegas: ¿informados? ¿presionados? ¿engañados? ¿indiferentes?
Siento el agobio de navegar en una democracia extraña que al parecer funciona, pero que al entrar a su corazón es un espejismo.