Transitar por la ciudad y ser testigo de su transformación puede generar todo tipo de emociones, entre otras, la nostalgia del pasado o la incertidumbre de lo que vendrá.
Habitar una ciudad como Manizales ha generado todo tipo de retos: aplanar calles, reconstruir el Centro Histórico, convivir entre laderas, entender los cauces del agua, mitigar riesgos. Todo eso la hace excepcional y sin duda llena de orgullo a quienes la construyeron y a quienes hoy la disfrutamos.
La ciudad lleva unos años en constante transformación, las casas de uno y dos pisos lentamente se están yendo y dan paso a edificios, varios barrios se han formalizado y han surgido nuevos asentamientos y algunos espacios públicos emblemáticos son objeto de “remodelación”.
Ese cambio trae consigo responsabilidades en todos los ámbitos. Por un lado, los encargados de la construcción de esa “nueva ciudad” podrían aportar en generar hitos arquitectónicos y menos estandarizaciones, mejorar el espacio público, apostar a un entorno más verde y luminoso, con espacios para la vida en común y quizá durante el proceso constructivo se podría ofrecer a la ciudad algo más que lonas verdes o latas que además duran años sin ninguna intervención.
Por otro lado, desde la institucionalidad pública y los gremios, se podría pensar en políticas públicas de largo aliento que fomenten apuestas innovadoras, por ejemplo, alrededor del bahareque y la guadua. No me cabe duda sobre lo vigente que pueden estar esos materiales tan propios y aptos para nuestra tierra. Por ejemplo, ahora que se tienen tantas conversaciones sobre identidad y la Feria de Manizales, hay una gran oportunidad de explorar la arquitectura efímera en esos materiales para dar un sello, como ya lo propuso la Sociedad de Arquitectos, regional Caldas.
Richard Sennet en su libro Carne y Piedra analiza cómo el diseño y la organización de las ciudades a lo largo de la historia han influido en la experiencia del cuerpo humano, las relaciones sociales y la vida pública. Desde una postura crítica señala cómo el desarrollo de las ciudades ha empobrecido la experiencia sensorial y la vida pública y hace una invitación a pensarnos las ciudades como espacios para la “vitalidad social”.
No podemos seguir pensando las ciudades desde la infraestructura por un lado y desde el desarrollo social y el ejercicio de los derechos culturales por otro. La integralidad de las políticas es fundamental para resolver incluso dificultades en torno a la seguridad o a lo que conocemos como cultura ciudadana.
Esperemos que el paisaje verde no quede solo en el horizonte, que lo vivamos más en el caminar cotidiano, que la ciudad no caiga en que las casas de “material” son mejores que nuestra “piel de bahareque”, la cual es un tesoro patrimonial, con potencial turístico, pero que tiene el riesgo de “caer en ruina”.
Propongámonos que el espacio urbano sea incluyente, que facilite la movilidad y la vida social, que el derecho al paisaje no sea solo de quienes tienen dinero para un penthouse en uno de los modernos edificios, sino que siga siendo posible perderse en la contemplación del privilegiada vista que tenemos.
Y cómo no, trabajemos para que la cultura habite la ciudad y la ciudad habite la cultura.
30 Abr, 2026
La ciudad construida y en construcción
Propongámonos que el espacio urbano sea incluyente, que facilite la movilidad y la vida social, que el derecho al paisaje no sea solo de quienes tienen dinero.