Catalina fue la quinta de seis hermanos, nació en una familia humilde, en un pueblo de Boyacá. Criada en el campo aprendió a trabajar la tierra, pero también a coser su propia ropa, esperaba con ansias la revista que llegaba al pueblo una vez al mes con los patrones para aprender a coser bien, pero lo que quizá más esperaba era el cancionero que venía junto a esa publicación.
Catalina decidió migrar a la gran ciudad, llevándole la contraria a la familia, quería salir adelante, y ya había oído hablar a muchos del “sueño bogotano”. ¡Ya estaba casada, con veinte años no podía quedarse solterona! Nunca respondió si estaba enamorada cuando se casó, pero si hablaba de que Salvador, su esposo, era inteligente y muy conquistador.
Ella quería usar pantalón, ella quería tener el pelo corto, ella quería votar siempre por el Partido Liberal, ella no quería que nadie la ofendiera; ella era orgullosa, dura, la debilidad no se podía mostrar en un mundo como este. A Bogotá llegaron con su primera hija, vivieron entre prostitutas y obreros, hasta que por el trabajo de los dos consiguieron su primera casa.
En casa había muchas peleas, muchos golpes de lado y lado. Tenían ya tres hijos que vivieron esa violencia. Ambos les pegaban a sus hijos, o los forzaban a bañarse a horas no propias con la helada agua bogotana. Eso era casi normal, la comadre le decía que así tocaba criar a los niños para que fueran buenas personas.
Salvador compró un taxi, era casi el único carro del barrio, mientras ella tenía su tienda y hacia los helados de fruta más ricos de la vida.
Catalina, llevando la contraria y con su temperamento a tope, decidió separarse y con el dinero que le quedó, a pesar de Salvador que no quería reconocerle nada, se fue a otro barrio y allí puso su tienda. Ella con sus propias manos cernía arena y ayudaba a hacer los muros de la casa. Esa casa que tenía algo de campo, algo de ciudad. Gallinas, perros, gatos, como si fueran rastros de las memorias de su pueblo.
Los hijos iban creciendo, cada uno con una vida atravesada por el dolor que más adelante se reflejaría de maneras bien distintas. Porque el dolor no se va solo, sino se trabaja, sigue ahí, para siempre.
Catalina no daba casi besos ni abrazos, ella consentía con la cocina, era su forma de amar. El tiempo pasó y la familia creció. Ella planeó su vejez, independiente, sin que nadie la fuera a humillar, pero en la vida nada es seguro. Ahora vive en un hogar para adultos mayores, no habla, su cerebro solo está presente cuando le colocamos algunas de las canciones que nos cantaba y que seguro estaban en aquel cancionero.
Para mi, Catalina, mi abuela, es muchas mujeres. Ella es firmeza, fuerza, pero también dolor. En este mes de chocolates y rosas, pienso en las Catalinas que viven violencias de todo tipo, en la cotidianidad, en el espacio público, en la vida. Elijo honrar mi linaje femenino, pero también elijo romper la violencia que estructuró mi vida antes de nacer.
Mientras escribo esto veo las noticias: periodistas denuncian acoso laboral y sexual, sufrimos todas, todo tipo de violencias. No obstante, estoy segura que estamos en el camino hacia tiempos mejores, espero por mi sobrina y mi hijo que así sea.