17 Abr, 2026

Retorno a la escuela anexa

Desde la habitación veía la escuela intacta y añoraba salones, corredores, el enorme patio donde nos formábamos y los inmensos espacios abiertos.

Desde el hotel se veía el barrio La Estrella y la escuela primaria, el Coliseo, el Estadio y la Universidad, universo completo en expansión. Una vista panorámica de esas calles por donde pasaba las mañanas de niebla rumbo a la escuela, mirando plantas, árboles, insectos y flores.
A veces chupaba el almíbar de unas flores rojas alargadas que pelechaban en los antejardines, o perdía el tiempo mirando mariposas incomprensibles, pájaros de cánticos insondables o escarabajos y libélulas de visos multicolores.
Desde la habitación veía la escuela intacta y añoraba salones, corredores, el enorme patio donde nos formábamos y los inmensos espacios abiertos que nos separaban del colegio San Luis Gonzaga, enorme baldío inaccesible lleno de vegetación, alimañas, precipicios y peligros.
Había tanto espacio que cada alumno tenía una parcela para sembrar y ver crecer las plantas. Sentí el olor del grueso herbario de botánica, la textura del barro con que hacíamos mapas de Colombia, la alegría de las fiestas y la algarabía permanente. El vuelo de cometas y globos.
Un día me acerqué a la reja y empecé a mirar el lugar donde actué en una representación del descubrimiento de América en el papel del marino que avistaba tierra. Llevaba mucho tiempo ahí mirando como hipnotizado, cuando un guardián fantasmagórico llegó desde adentro y me abrió la reja que me separaba del pasado porque intuyó que era un viejo exalumno que volvía cargado de nostalgias.
Me invitó a ingresar al templo educativo y a visitar uno a uno los salones de clase, el patio de los gritos, las ceremonias y las peleas y después me llevó a visitar la Escuela Normal Superior en cuyos corredores, pasillos, auditorio y salones de clase marcados por la madera añeja transcurrió durante un siglo la vida de generaciones de educadores a quienes todos tanto debemos, padres y madres verdaderos de la patria.
En las paredes, viejos mosaicos de grado con imágenes de incontables maestros, fotos enmarcadas de efemérides. Se sentía la historia, un laberinto de palabras.
Nunca olvido a quien me ofreció con sabiduría anónima el regalo de retornar al lugar donde aprendí las primeras letras y empecé a fascinarme por la ciencia, el universo y los mares y donde la locura de la infancia fue tolerada a veces con su osada e inasible irreverencia.