Colombia es una de las democracias más sólidas de América Latina. En el siglo XX, salvo el golpe de estado del general Gustavo Rojas Pinilla y el supuesto fraude al mismo el 19 de abril de 1970, el sistema ha funcionado para bien o para mal con sus imperfecciones.
Durante mucho tiempo la lucha se daba entre liberales y conservadores hasta cuando esos partidos dieron paso a una gran cantidad de siglas fluctuantes que por lo regular son negocios en manos de manzanillos, mafiosos y gamonales. Se venden al mejor postor y su objetivo es quedarse con jugosos contratos y privilegios. La corrupción es la esencia del sistema, una hiedra de siete cabezas y lenguas bífidas casi invencible, pese a que algunos de sus practicantes sean descubiertos, condenados y encarcelados.
A lo largo de los siglos XIX y XX las reglas del juego estuvieron controladas por las élites que tenían intereses comunes y algunos matices que los dividían; ahora progresistas, centristas y derechistas. Antes, la farándula de la política se renovaba y mutaba de piel como las serpientes hasta nuestro tiempo de redes sociales, influencers e inteligencia artificial. Aquella vieja política parece ya tan lejana como el tiempo de los diplodocos y los ictiosaurios.
El Frente Nacional, iniciado en 1958 por el liberal Alberto Lleras, que lo negoció con Laureano en las playas españolas de Sitges y Benidorm, significó que los enemigos de siempre se repartían juntos la marrana del presupuesto y la burocracia feliz en ministerios, puestos y embajadas que por derecho divino eran siempre para las élites y sus delfines.
Después de la deflagración del narco, las guerrillas y el paramilitarismo, la política colombiana se transformó y al avanzar el siglo XXI ha llegado a unos límites de polarización distinta, que deja atrás las fotografías color sepia, los discursos radiales y los todopoderosos diarios de la capital, que ponían presidentes en medio de un ritual de figuras encorbatadas que tomaban whisky en los clubes y desfilaban en sacoleva. La plebe hambrienta miraba desde lejos el banquete de las oligarquías y solo servía para ir a la guerra y votar por los que les dijeran los gamonales.
En el siglo XXI nuevas figuras emergentes y turbias ligadas a tenebrosas mafias o surgidas también a veces del margen social y popular, impensables antes, acceden al poder y se lo disputan en feroces campañas donde todo el juego sucio es permitido. Aunque persiste la coacción y la compra de votos en algunas regiones, justo es reconocer que en tiempo de redes y telefonía celular, millones de ciudadanos, especialmente en las urbes, están bien informados y votan por convicción por uno u otro bando. Millones de votantes ya no son domesticados como antes, sino que sufragan libres, según sus ideas o percepciones.
Minorías antes marginadas en los confines del país han despertado, saben de sus derechos y se manifiestan en las urnas propiciando sorpresas. Hay entusiasmo y menos abstencionismo. Los jóvenes del siglo XXI toman la palabra. Aunque Jorge Luis Borges decía que la democracia es un abuso de la estadística, en la Colombia de hoy las jornadas electorales son una emocionante fiesta colorida y ejemplo para el continente latinoamericano y el mundo.
31 May, 2026
La fiesta electoral colombiana
Aunque persiste la coacción y la compra de votos en algunas regiones, justo es reconocer que en tiempo de redes y telefonía celular, millones de ciudadanos.