26 Abr, 2026

México, en el premio Cervantes

Era tan importante Rulfo que Jorge Luis Borges lo admiraba y Gabriel García Márquez lo consideró su maestro.

El mexicano Gonzalo Celorio es el séptimo galardonado mexicano del Premio Cervantes al lado de figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso. Como el gran hermano mayor de hispanoamérica que es, es justo que tantos galardones le hayan sido otorgados a ese país a lo largo de la existencia del más importante premio literario de nuestra lengua, que también honró en su momento a Jorge Luis Borges y Álvaro Mutis, entre otros muchos hispanos y latinoamericanos.
Juan Rulfo, un mito viviente, no obtuvo el Cervantes y fue un autor extraordinario que escribió muy joven dos clásicos de la literatura universal, El llano en llamas, una colección de cuentos, y la novela Pedro Páramo, con la que obtuvo la gloria en vida, después de lo cual se silenció para siempre. Provinciano, originario de Jalisco, amigo de Juan José Arreola, llegó a la ciudad de México y obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, en el marco de la cual realizó sus obras juveniles e inmortales.
Rulfo, que si ganó el premio Príncipe de Asturias, tuvo que cargar la pesada piedra de su gloria prematura y a lo largo de su vida enmudeció y vivió una existencia afectado por la bebida, con la que escapaba a la presión insoportable de quienes le pedían escribiera más libros de éxito. Después de sus dos obras maestras ya no hacía falta escribir más y aunque publicó algunos cuentos o guiones de cine, quiso vivir una vida modesta como funcionario en el Instituto Nacional de Antropología.
Era modesto, sencillo, tierno y pasaba su días en algunas librerías del sur de la Cuidad de México, como el Ágora de la Avenida Insurgentes, donde era amigo de los libreros y solía pasar sus resacas en las mañanas tomando café o limonada, conversando con los meseros o los amigos del alma, tal y como lo vi varias veces en los postreros años de su vida, pues yo también vivía en el sur de la ciudad. A veces reemplazaba a los cajeros ante el estupor de los compradores de libros que lo reconocían.
Era tan importante Rulfo que Jorge Luis Borges lo admiraba y Gabriel García Márquez lo consideró su maestro. Rulfo era lo contrario a la vanidad y la soberbia de Octavio Paz, quien no solo obtuvo el Cervantes sino que fue coronado con el Nobel. Paz siempre estuvo ligado a los grandes poderes económicos y políticos de la derecha de su país y el mundo y fue orgulloso e implacable desde su trono de poder contra sus contemporáneos pobres de izquierda o progresistas latinoamericanos, como lo era el propio Rulfo.
Pero lo que pocos saben es que Rulfo ha pasado a la historia también como uno de los grandes fotógrafos mexicanos de prestigio internacional, pues cuando trabajaba para ganarse la vida como vendedor ambulante de llantas Goodyear en todo el territorio mexicano, hizo fotos en blanco y negro geniales e inolvidables que hoy lo izan a la élite de la fotografía mundial del siglo XX, al lado de tantos otros maestros como el colombiano Leo Matiz y el brasileño Sebastiao Salgado, entre otros muchos.