Desde este espacio de opinión hemos sostenido que la escuela nos habla, y que escucharla debe ser una actitud permanente. Nos habla por medio de sus profes, sus estudiantes, sus padres de familia y, en general, de toda la comunidad educativa. Sentir sus pálpitos, escuchar sus voces, interpretar sus tensiones y, en suma, “tomarle el pulso” a la escuela diariamente se convierte en una tarea apremiante para la dirección escolar, y asimismo en un elemento de gran importancia para la orientación estratégica.
Esto, evidentemente, no se puede hacer desde el encierro de una oficina. Creo que allí radica, en buena parte, el fracaso de la política educativa: el Ministerio de Educación no escucha a la escuela. En esos espacios solo se escucha a los empresarios, a los políticos y, en alguna medida, a los académicos, pero muy poco -o tal vez nada- a los actores protagónicos de la vida escolar.
Soy amigo simpatizante de aquellos rectores que transitan permanentemente los diversos espacios escolares: las unidades sanitarias, la biblioteca, los laboratorios, las aulas, los pasillos, el patio y, en general, cada rincón de la escuela es importante para ellos, y dichos espacios sienten de manera recurrente su presencia. Pero más que los espacios en sí mismos, lo trascendente es la interacción con quienes los habitan; en ella hay un diálogo permanente con sus moradores y se gestan importantes descubrimientos.
En días pasados, uno de esos rectores de mi simpatía se encontraba saludando a los niños y a sus padres antes de las 7:00 a.m., al inicio de su jornada escolar. Presenció, con sensibilidad, el rito de la llegada y la despedida: el beso cálido, un “te amo” que no falta y el gesto espiritual de la mutua persignación. Lucas, un niño de 6 años, de grado primero, se despide de su mamá y sale raudo para su aula de clase. Cuando escucha el grito de su madre: “¡Te amooo!”, se da la vuelta, se regresa hasta donde ella se encuentra, la abraza y le dice: “Mamá, prométeme que no te vas a ir a tomar cerveza”.
Son muchas las reflexiones, preguntas e inquietudes que se generan a partir de esta anécdota -real, por cierto-, pero que además es solo una muestra de múltiples situaciones que suceden en los entornos familiares y sociales de nuestros niños, y que hacen parte del “maletín” con el que ellos llegan diariamente a la escuela.
Dejo aquí el artículo para no influenciar la reflexión, anunciando que en el próximo compartiré mis propias consideraciones.