Durante los catorce años de existencia de este espacio de opinión, reiteradamente he llamado la atención sobre las graves falencias que, en materia de política pública, tiene la educación en Colombia. Entre muchas de ellas, me he detenido con especial preocupación en la atención escolar de los niños en condición de discapacidad, pero también de aquellos con capacidades excepcionales.
He afirmado, incluso, que no sabe uno quiénes están más abandonados: si los discapacitados o los superdotados. De ese tamaño es la orfandad de este puñado de colombianos que han sido olvidados por el Estado y que hoy se encuentran a merced de lo que familiares y amigos puedan hacer por ellos, porque la institucionalidad los ha condenado a una total desesperanza.
Tomás es un niño de 9 años que cursa grado cuarto en un colegio público de la ciudad. Se encuentra caracterizado con capacidades excepcionales; presenta valoraciones médicas que así lo comprueban y le certifican un CI (coeficiente intelectual) superior a 124. Adicionalmente, sus desempeños escolares son sobresalientes, no solo por sus tiempos promedio de respuesta, sino además por la calidad de estas.
A tal punto llega su excepcionalidad que Tomás se ha convertido en un problema, no solo para la profe, sino también para sus compañeros. Suele suceder que los niños con capacidades excepcionales no encajen en las dinámicas grupales, sean vistos por sus semejantes como extraños, tengan serias dificultades de adaptación y, adicionalmente, representen para los maestros un enorme desafío; atender esta particularidad en grupos de 35 o 40 estudiantes se convierte en un reto a toda prueba de riesgo.
Los padres de Tomás fueron informados por la profe acerca de la condición del niño, hecho que hasta el momento era una sospecha. Solo tras la intervención de la escuela se confirmó con certeza que Tomás es un niño en condición de excepcionalidad: “un niño genio”.
Pensaría el lector desprevenido que se trata de una gran noticia; que estamos ante un hecho maravilloso y que un niño genio es un verdadero milagro para una familia y para la sociedad. Y esa interpretación debería ser cierta. Lo lamentable es que no es así.
Tomás es un problema para la escuela, un lio para la sociedad y, para su familia, una enorme preocupación y un inmenso reto. En Colombia no existe una política pública que responda de manera efectiva a las necesidades de desarrollo cognitivo de estos niños que, según las estadísticas, llegan a los 250 mil. Es decir, aproximadamente un cuarto de millón de colombianos es superdotado y el país no sabe qué hacer con él. Es, a todas luces, una desgracia nacional.
Un día cualquiera, Tomás llega a casa después de su jornada escolar. Su padre lo saluda con emoción y le pregunta:
- ¿Cómo te fue hoy, hijo?
- Bien, papá. Responde el niño.
- ¿Qué hicieron hoy?
- Repasamos multiplicaciones y divisiones.
- ¡Qué bueno, hijo! Entonces aprendiste mucho.
Tomás guarda silencio y se distancia un poco de su padre, quien apenas alcanza a escuchar el balbuceo de su hijo, que en voz y gesto casi imperceptibles expresa:
- Ojalá hubiera aprendido algo.
Hábilmente, el padre disipa la tensión de lo sucedido durante la jornada escolar y se entrega a compartir con su hijo sus juegos preferidos, no sin antes dejar caer una lágrima en sus mejillas y expresar con profundo desconsuelo:
- ¿Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo?