Educación
05 Jun, 2026
Niños invisibles: cuando la enfermedad también excluye de la educación
En nombre de estos niños y de sus familias hago un llamado a las secretarías de Educación para que escuchen estas voces del silencio y atiendan estas lágrimas.
Uno de los propósitos de esta columna ha sido analizar y cuestionar la pertinencia y la viabilidad de las políticas públicas que rigen la escolaridad en Colombia. Eliana es una niña de 11 años que cursa sexto grado en un colegio público de Manizales y padece una enfermedad huérfana asociada a una inmunodeficiencia severa. La fragilidad de su sistema inmunológico es permanente e indefinida, razón por la cual debe permanecer en aislamiento total y tiene prohibida, indefinidamente, la asistencia presencial a la escuela.
Está claro que a Eliana le asisten plenamente los derechos a la salud y la vida, los cuales esperamos estén siendo protegidos con el rigor y la responsabilidad que demandan las circunstancias. Pero surge una pregunta inevitable: ¿en qué queda su derecho a la educación? Aunque esta realidad es perfectamente conocida por Eliana y su familia, también debería interpelar a quienes administran la educación pública, pues la respuesta no puede ser el silencio ni la resignación.
En la actualidad, a Eliana le envían talleres para desarrollar en la casa, los cuales ella devuelve resueltos en los tiempos previamente establecidos. En otras palabras, la niña tiene suficientes actividades para ocupar buena parte de su jornada diaria. Pero cabe peguntarse: ¿está avanzando en sus procesos de aprendizaje?
Me temo que la respuesta es negativa, como ocurre con la gran mayoría de los niños que se encuentran en estas condiciones. Una cosa es llenar cuadernos con crucigramas, sopas de letras, laberintos o pasatiempos, y otra muy diferente es acceder al conocimiento mediante estrategias pedagógicas adecuadas y con el acompañamiento de profesionales de la docencia.
Las orientaciones del Ministerio de Educación Nacional (MEN) establecen que estos estudiantes deben ser atendidos mediante la modalidad de “aula hospital”, lo que implica que las secretarías de Educación asignen profesores de las diferentes áreas para brindarles una atención personalizada. Esa labor debería constituir parte de la carga académica de dichos maestros y no una responsabilidad adicional a sus obligaciones habituales.
Sin embargo, desde este espacio quiero denunciar que esta política del MEN se ha quedado, casi siempre, en el papel y en las buenas intenciones. Los niños que deben permanecer aislados por razones médicas continúan confinados en sus hogares, saturados de tareas escolares, afectados física y emocionalmente por su condición de salud y, lo que resulta más lamentable, sin avanzar en sus aprendizajes. La única certeza que tienen es que al finalizar el año lectivo difícilmente habrán alcanzado los logros mínimos para ser promovidos al año siguiente.
En nombre de estos niños y de sus familias hago un llamado a las secretarías de Educación para que escuchen estas voces del silencio y atiendan estas lágrimas que hasta ahora parecen no tener dolientes. Es necesario que, de manera articulada con el MEN y las instituciones educativas, se dignifique el derecho a aprender de quienes viven en condición de postración o aislamiento médico.
Porque, mientras la ciencia y el cuidado de sus médicos hacen todo lo posible por preservar sus vidas, la sociedad y el Estado tienen la obligación moral y jurídica de impedir que, además de la enfermedad, estos niños deban soportar la condena del abandono educativo.