06 Jun, 2026

Edgar Morin y la complejidad de Colombia

Esta reflexión trasciende las disputas partidistas. No se trata de una crítica al Gobierno ni a la oposición, sino de llamar la atención sobre una cultura política

El pasado 29 de mayo falleció en París, a los 104 años, el filósofo, sociólogo y antropólogo francés Edgar Morin, uno de los pensadores más influyentes del último siglo. Su obra dejó una huella profunda en las ciencias sociales, la educación, la política y la reflexión contemporánea sobre la condición humana. Morin dedicó gran parte de su vida intelectual a cuestionar las formas fragmentadas de conocimiento que dominan la modernidad y a proponer una alternativa basada en el pensamiento complejo, una perspectiva orientada a comprender las relaciones, interdependencias y múltiples dimensiones que configuran la realidad. Su legado resulta pertinente para analizar el momento político que atraviesa Colombia.
En su libro La cabeza bien puesta: repensar la reforma, reformar el pensamiento, Morin no solo reflexiona sobre el conocimiento, sino también sobre la diferencia entre enseñanza y educación. Para él, enseñar no puede reducirse a transmitir información fragmentada ni a acumular contenidos. La verdadera educación debe ayudar a comprender la condición humana, despertar la autonomía del pensamiento y desarrollar la capacidad de relacionar fenómenos aparentemente separados. Por ello advierte que una inteligencia incapaz de establecer conexiones “rompe lo complejo del mundo en fragmentos disociados, fracciona los problemas y convierte lo multidimensional en unidimensional”. Cuanto más complejos son los desafíos de una sociedad, mayor parece ser nuestra dificultad para comprenderlos en toda su profundidad.
Buena parte del debate político nacional se desarrolla a partir de oposiciones simplificadoras; izquierda contra derecha, progresismo contra establecimiento, gobierno contra oposición, seguridad contra paz, mercado contra Estado. Categorías que resultan insuficientes para comprender la complejidad de los problemas públicos que enfrenta el país. La crisis de la salud, por ejemplo, no puede reducirse a una disputa entre defensores y críticos de una reforma. Allí convergen problemas de financiación, gobernanza institucional, corrupción, capacidades territoriales, envejecimiento poblacional, disponibilidad de talento humano y desigualdades regionales. Del mismo modo, la violencia persistente en regiones como Catatumbo, Cauca o Chocó no puede explicarse únicamente por la presencia de grupos armados. En ella confluyen economías ilegales, exclusión social, debilidad estatal, disputas geopolíticas y profundas desigualdades.
Mientras los problemas se vuelven más complejos, los discursos políticos parecen volverse más simples: se buscan culpables antes que explicaciones, se privilegian las consignas sobre los argumentos y se sustituyen los análisis por narrativas emocionales diseñadas para movilizar adhesiones o rechazos.
Esta reflexión trasciende las disputas partidistas. No se trata de una crítica al Gobierno ni a la oposición, sino de llamar la atención sobre una cultura política que ha perdido capacidad para pensar relacionalmente. Con frecuencia, dirigentes, medios y ciudadanos quedamos atrapados en interpretaciones parciales que impiden comprender los problemas. Tal vez allí radique una de las lecciones más vigentes de Morin: los grandes desafíos contemporáneos no admiten respuestas simples ni explicaciones únicas; exigen comprender las conexiones que unen fenómenos económicos, sociales, culturales, ambientales y políticos.
La muerte de Morin nos deja una pregunta que Colombia no debería ignorar: ¿Estamos educando para comprender el mundo o simplemente para reproducir conocimientos, consignas e ideologías? Si la educación se reduce a la transmisión de contenidos o a la difusión de certezas políticas, pierde su esencia. Educar significa formar seres humanos capaces de comprender la complejidad de la realidad, ejercer su libertad de pensamiento y asumir responsablemente la construcción de la vida colectiva.
Tal vez ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro sistema educativo; pasar de la instrucción a la educación, de la repetición al pensamiento, de la polarización a la comprensión. Como advertía Morin, el saber por sí solo no nos hace mejores; una verdadera educación, en cambio, puede ayudarnos a ser más humanos.