Colombia elegirá mañana nuevamente a las Juntas de Acción Comunal (JAC). Para muchos, se trata de un trámite más; para otros, de una estructura burocrática debilitada. Pero, en realidad, estamos frente a una de las formas más antiguas y potentes de democracia viva en el país. La pregunta es inevitable: ¿Por qué, siendo tan importantes, no logran una participación comunitaria efectiva? Tal vez la respuesta no está en mirar hacia afuera -más Estado, más norma, más control-, sino en volver a comprender lo que ya somos capaces de hacer colectivamente.
Hace más de medio siglo, en la vereda El Saucío, municipio de Chocontá, Orlando Fals Borda demostró, junto a un grupo de campesinos, que la organización comunitaria podía transformar la realidad. En 1959 no solo construyeron una escuela; tejieron cooperación, consolidaron formas de autogestión y dieron origen a las primeras JAC en Colombia. Allí no había imposición externa; había algo más profundo, la confianza, el trabajo colectivo y el sentido de lo común. Ese mismo principio fue desarrollado décadas después por Elinor Ostrom en El gobierno de los bienes comunes (2000), donde cuestiona una idea que aún pesa en la política pública donde las personas, si no son controladas por el Estado o el mercado, terminarán destruyendo lo que comparten. Por el contrario, demuestra que las comunidades pueden autogobernarse cuando existen reglas construidas desde adentro, confianza mutua y mecanismos de control social.
Durante años, los gobiernos han diseñado políticas públicas tratando a las comunidades como incapaces de gestionar lo común. Se les regula, se les vigila o, en el mejor de los casos, se les consulta; pero rara vez se les reconoce como verdaderos sujetos de gobierno. En la práctica, las JAC han sido reducidas a operadoras de proyectos, intermediarias de recursos o escenarios de disputa política local. La participación se vuelve formal, no sustantiva; se vota, pero no se construye colectivamente. Cuando estas formas de gobernanza comunitaria son desplazadas por lógicas externas -estatales o de mercado-, la cooperación no solo se debilita, sino que puede erosionarse progresivamente. Es decir, más institucionalidad no garantiza más comunidad; al contrario, puede debilitarla.
Entonces, ¿qué significa repensar la acción comunal desde el gobierno de los bienes comunes? Significa recuperar la autonomía comunitaria, no como aislamiento del Estado, sino como capacidad real de decidir sobre lo propio: el territorio, los recursos, las prioridades. Se trata de reconocer que las comunidades no son beneficiarias, sino sujetos políticos. Implica también reconstruir la confianza. Como lo señala Ostrom, la cooperación surge cuando las personas creen que los otros también cumplirán. Sin confianza, cualquier sistema se fractura. Y en Colombia, la desconfianza -histórica, política e institucional- ha erosionado profundamente el tejido social.
De igual manera, supone fortalecer normas construidas desde abajo. Las comunidades funcionan mejor cuando definen sus propias reglas, cuando existen acuerdos, vigilancia mutua y sanciones legítimas. Cuando estas reglas nacen desde adentro, la cooperación no depende del control externo, sino del reconocimiento mutuo. Cuando se sustituyen por normas externas que desconocen la vida comunitaria, lo que se debilita no es solo la eficacia, sino la comunidad misma. En este horizonte, hablamos de una gobernanza situada.
Se requiere un cambio de mirada en la política pública: pasar de intervenir comunidades a fortalecer sus capacidades de agencia colectiva. Es decir, crear condiciones para que puedan autogobernarse, en lugar de sustituirlas. Las elecciones de mañana no son menores. Son una oportunidad para preguntarnos si queremos seguir viendo la acción comunal como un instrumento administrativo o como lo que realmente puede ser: una forma de democracia profunda, cotidiana y territorial. En un país atravesado por desigualdades, conflictos y desconfianza, los bienes comunes -el agua, el territorio, la convivencia- no se sostienen solo con leyes, se sostienen con comunidad. Y la comunidad, cuando se reconoce como tal, sabe gobernarse.
24 Abr, 2026
Acción comunal: el poder olvidado de los bienes comunes
¿Qué significa repensar la acción comunal desde el gobierno de los bienes comunes? Significa recuperar la autonomía comunitaria, no como aislamiento del Estado.