14 Jun, 2026

¿Y si la Constitución ya no nos protege?

¿Queremos un presidente que respete la Constitución, o uno que pueda decir “la Constitución soy yo”... y que nadie se atreva a contradecirlo? 

A veces me pregunto, como cualquier ciudadano confundido y angustiado, si la Constitución Política Colombiana sigue siendo ese escudo que nos prometieron, o si se está convirtiendo en un papel que el poder dobla a su antojo.
Leo a Mauricio Gaona y su advertencia de que algún día un gobernante pueda decir, sin rubor: “la Constitución soy yo”, y no sé si lo que siento es miedo, rabia o una mezcla de las dos cosas.
Porque, seamos honestos, muchos ya no confiamos en nadie. Vemos un Gobierno que habla en nombre del pueblo, una oposición que se presenta como salvadora, y ambos bandos parecen más interesados en ganar la guerra del poder que en cumplir la Constitución. Mientras tanto, el ciudadano de a pie hace fila por una cita médica, busca trabajo, teme por su seguridad y se pregunta si no lo están usando como simple excusa para justificar reformas, constituyentes y discursos encendidos.
Como ciudadano, me hago preguntas incómodas: ¿Estamos defendiendo la Constitución o solo a “nuestros” líderes?
¿Queremos instituciones fuertes o caudillos fuertes? ¿Nos importa la separación de poderes o solo que “nuestro” lado mande, así tenga que silenciar a la prensa, al Congreso o a los jueces?
Gaona habla del riesgo de una “dictadura constitucional”: no la del golpe militar clásico, sino la que se construye desde adentro, con mayorías momentáneas, con reformas bien redactadas, con la idea seductora de que “el pueblo no se equivoca” y, por tanto, quien dice representarlo puede hacer casi cualquier cosa.
Y yo, ciudadano común, me pregunto: si mañana cambian las reglas para callar al opositor que detesto, ¿qué me garantiza que pasado mañana no usarán esas mismas reglas para callarme a mí? Ahí es donde mi angustia va más allá de este presente. No temo solo por mí, temo por los niños que hoy apenas aprenden a leer la palabra Colombia en un cuaderno, por los adolescentes que sueñan con ir a la universidad, por los nietos que quizá crecerán cuando nosotros ya no estemos.
El país que aceptemos hoy -con una Constitución viva o reducida a decorado- será el techo de derechos bajo el cual ellos tendrán que vivir, amar, equivocarse y reclamar justicia. Si normalizamos que el poder insulte a los jueces, ignore a las cortes, persiga a la prensa o use una constituyente para silenciar al adversario, les estaremos escribiendo a nuestros hijos y nietos un futuro en el que pedir garantías será un acto de valentía, no un derecho básico. Les dejaremos una patria en la cual la ley se aplica según el color político del ciudadano, y la palabra “democracia” será apenas un recuerdo de lo que alguna vez quisimos ser.
Por eso hoy escribo más como ciudadano que como abogado: no se trata de salvar a un gobierno ni de derrocar a otro; se trata de rescatar la democracia de todos los que sueñan con ser “la Constitución” en lugar de obedecerla. Si permitimos que el poder convierta la Carta en un espejo de sus caprichos, ya no habrá izquierda, derecha ni centro que nos salven: solo quedará un país arrodillado ante el gobernante de turno.
La pregunta que me hago, y que te dejo a ti, lector -y a los hijos y nietos que quizás lean algún día estas líneas-, es sencilla y brutal: ¿Queremos un presidente que respete la Constitución, o uno que pueda decir “la Constitución soy yo”... y que nadie se atreva a contradecirlo?