Algunos expedientes duelen más que otros, aunque el papel no lo diga. El caso de Matías es uno de ellos: un joven que salió una mañana de mayo y no regresó con vida. Quienes lo amaban no recuerdan horas ni números de radicado; recuerdan la llamada que partió la vida en dos, el pasillo del hospital, la esperanza que se fue apagando hasta convertirse en una fecha imposible de olvidar.
Para el sistema judicial todo se explica con términos técnicos: Una muerte violenta causada por intolerancia en la vía, un carro y una moto que chocan en segundos fatales, un informe médico y una vida que termina en la madrugada en una sala fría. Para la familia, empezó como una pesadilla y se convirtió en días de ausencia que llenó la casa, la mesa y las charlas cotidianas. Hay sillas que se usan, pero que nunca vuelven a sentirse ocupadas.
La vida de sus seres queridos se divide en dos escenarios; el hogar, donde intentan seguir adelante, y la sala de audiencias, donde se repite la reconstrucción del último día de Matías. Aprendieron palabras indeseadas: imputación, acusación, nulidad, agravante. Miden el tiempo en autos, fechas de audiencia y decisiones judiciales. Pero cada relato revive no el lenguaje jurídico, sino el rostro ausente.
En medio de ese duelo callado aparece Alfonso Núñez Pérez, “el Petizo Núñez”, abuelo de Matías y gran figura del fútbol en el Once Caldas. Durante años su nombre significó tribunas llenas, regates hábiles y goles en los 60. Ahora, en un ancianato, su memoria falla por la edad y el dolor; mezcla fechas, pero recuerda el cariño inmenso por su nieto, como cuando defendía la camiseta con todo.
Han visto cambiar la calificación: de dolosa a culposa, agravantes debatidos, decisiones revisadas. No intervienen en lo técnico; su rol es presenciar, escuchar el nombre de Matías de labios de fiscales y jueces, contener lágrimas ante descripciones clínicas. Al final de cada audiencia, vuelven con la sensación de haber caminado sin ver el destino.
La justicia en un Estado de Derecho exige tiempo; las garantías procesales son escudo para todos. La razón lo entiende, pero el corazón late distinto. Cada aplazamiento añade peso al dolor, no por desconfianza, sino porque alarga la espera para cerrar el capítulo y aprender a vivir con la pérdida.
Lo conmovedor es la dignidad familiar; no venganza ni imposibles, sino que la vida de Matías se tome en serio, su muerte no sea un número, el proceso se haga con respeto. La justicia anhelada es reparación simbólica, confirmación de que importó, fue escuchada, no indiferente. Detrás del expediente, un joven con sueños, un abuelo devoto, una familia que transforma dolor en espera digna, sin odio.