Debo reconocer que dudé un poco en escribir otra columna sobre feminismo. Llegué a pensar que lo que otras mujeres están diciendo era suficiente, que no necesitaba decir más y que podía hablar de otros temas. Después, llegué a una columna de Yolanda Ruiz en El País (Edición América – Colombia) en la que, abordando el tema de las denuncias de acoso sexual en Caracol Televisión, explicaba cómo aún la conflictúa el saber la importancia de denunciar, mientras al mismo tiempo está el miedo del qué puede pasar, lo cual es una lucha interna para muchas mujeres. De inmediato sentí que me hablaba a mí, y decidí que justo quería hablar sobre ese silencio que nos hace pequeñas hasta volvernos invisibles.
Porque la mujer que busca su espacio, que se hace escuchar, incomoda. Pues se nos ha diseccionado para que solo tengamos un rol: si es bonita no puede ser inteligente, si no no tiene hijos no está realizada, si es inteligente no puede ser sensual, si es líder se masculiniza. Sabemos dónde nos han puesto el patriarcado, el machismo, el male gaze. Y eso nos ha calado, por eso cuando queremos salir de allí dudamos de nosotras mismas y no sabemos qué dirección tomar.
Leyendo "El segundo sexo", de Simone de Beauvoir, me encontré con este mismo pensamiento: no tenemos lugar. No porque ella crea que de verdad no haya un lugar para nosotras, sino porque este se nos ha reducido y negado y no sabemos qué buscamos, así que debemos definirlo y construirlo.
Y eso es confrontante y agotador. Por eso para muchas mujeres a través de la historia ha sido más fácil ceder ante la figura del hombre proveedor, la garantía de la familia y la lógica de que nuestros roles sociales ya están definidos. Lo cual es más cómodo que estar en esa búsqueda continua: es más cómodo que denunciar, que recibir mansplaining, que ser invalidadas con cualquier tipo de pretexto (inserte aquí el adjetivo machista que considere).
Y aquí me remito a la historia de Giselle Pelicot. En su libro "Un himno a la vida" explica cómo siempre se definió como esposa, madre, abuela. Estaba satisfecha con su vida, sentía que lo tenía todo en su familia. Sin embargo, tras conocerse la verdad sobre los abusos sexuales de su marido quien la drogaba para que también otros hombres abusaran de ella, la policía, los abogados y la prensa la definieron como guerrera, sobreviviente, víctima. Una lista de adjetivos que solo mostraban algo de ella, pero no a ella. Giselle tuvo que empezar a buscarse entre los recuerdos de la vida que construyó al lado de un hombre para saber quién era ella, para poder continuar su vida sintiendo que es una mujer en todo el sentido de la palabra, aunque lo sucedido la haya desbaratado.
Haber leído a estas mujeres me hizo sentir identificada, acompañada y comprendida. Y entendí que para acercarme a algunas respuestas sobre ser mujer debo acercarme a más mujeres: leerlas, escucharlas, verlas, apoyarlas.
Conocer sus formas de ver el mundo para compartirlas o discutir alrededor de ellas, pero, en definitiva, para que nunca más sintamos que nuestra voz no vale y que debemos disculparnos por el lugar que ocupamos.