Durante este año, Manizales ha recibido varios premios y reconocimientos que la ubican como una gran ciudad para vivir en Colombia, lo que se suma a una percepción cultural generalizada de la capital caldense como un ‘gran vividero’: una corta consulta en internet arroja notas sobre Manizales como ciudad universitaria, conectada, cultural, la ciudad de las puertas abiertas, entre otros calificativos positivos.
Entre estos reconocimientos están: “Manizales alcanzó el primer lugar en el Índice de Ciudades Modernas del DNP, consolidándose como referente nacional en desarrollo urbano y calidad de vida” (Semana, 20 de octubre de 2025), “La capital caldense se mantuvo en el quinto lugar en el Índice de Competitividad de Ciudades (ICC) dentro del desempeño que se hace entre 32 capitales departamentales de Colombia” (La Patria, 22 de octubre de 2025), “Manizales entra a la Red de Ciudades Creativas de la Unesco por su oferta gastronómica” (El Tiempo, 31 de octubre de 2025).
Pero el más importante y el más sonado ha sido el premio “Ciudades para la Vida” de ONU-Hábitat LATAM 2025 por su desarrollo sostenible: “La capital de Caldas recibió esta distinción entre más de 15.000 ciudades evaluadas en América Latina, gracias a sus proyectos e investigaciones enfocados en la transformación urbana regional y sostenible”. (Radio Nacional de Colombia, 26 de agosto de 2025).
Por ponerlo de una manera simple, se premió a Manizales como la mejor ciudad de tamaño intermedio para vivir en todo el continente. Y es allí donde empiezo a transitar entre el agradecimiento por vivir aquí y la preocupación. Vivimos en una ciudad pequeña y tranquila que se habita y se vive de forma fácil y sencilla, lo cual es muy atractivo en una sociedad que privilegia la productividad, pero que también está haciendo su transición a modelos híbridos en los cuales la presencialidad ya no es necesaria.
Manizales, sin ser perfecta, es una ciudad que gusta, así de sencillo. Y estos reconocimientos lo corroboran. Así que mi preocupación ronda alrededor de lo que puede venir después, de lo que implica para la ciudad estar tan presente en el radar internacional: volverse un destino para ser nómada digital y vivir la vida que los manizaleños disfrutaron durante tanto tiempo como si fuera un oasis en Colombia.
Y cuando pienso en eso, no puedo evitar pensar en Medellín. En el 2013, la capital antioqueña ganó el premio ‘Ciudad innovadora del año’ otorgado por el Wall Street Journal y el Urban Land Institute, y en el 2016, los premios Lee Kuan Yew World City y World Travel Awards en la categoría "Mejor destino de escapada en Suramérica", conocidos como el Nobel y el Óscar de las ciudades, respectivamente.
Sin embargo, hoy Medellín atraviesa una gran crisis: gentrificación, drogadicción, explotación sexual infantil. Por eso pienso en el efecto ‘boomerang’ de poner a las ciudades en el centro de atención y, tal vez, descuidar esos atributos que destacaron las organizaciones que otorgaron los premios: innovación, sostenibilidad, diversidad cultural y liderazgo. Porque estos no van a sostenerse solos. Necesitan de planeación, proyección, seguimiento y trabajo articulado entre academia, industria, gobierno y sociedad civil, elementos que deben convertirse en nuevos atributos para cultivar y cuidar, de lo contrario, es como estudiar solo para la nota, pero no haber aprendido.