Hay días en los que me agota pensar lo despiadado que el ser humano logra ser. Cómo se ha acabado con los recursos del planeta en el nombre del progreso cuando de por medio hay un egocentrismo que nos ha hecho declararnos como los más poderosos, ignorando por completo las demás especies con las que compartimos la vida.

Recuerdo los meses de cuarentena durante la pandemia y sus noticias sobre animales habitando espacios urbanos. Y pensaba: ese es su espacio, su hábitat y nosotros somos los intrusos. De verdad creo que los animales son mejores que nosotros; lo veo cuando miro a mis perros: me seguirán recibiendo igual de felices todos los días, me perdonarán de inmediato por haberles regañado, disfrutarán cada segundo que pasen conmigo así estemos siempre en los mismos lugares.

Son seres generosos, que se dan con intensidad. Y es ahí cuando pienso que la generosidad también puede ser lo mejor de los seres humanos. No el amor. El amor es egoísta; el amor disfraza cosas que en realidad queremos para nosotros mismos: compañía, satisfacción, orgullo, placer. Incluso injusticias y extremismos. Pero la generosidad no. La generosidad es auténtica. Cuando adopto un perro que ha sido abandonado estoy decidiendo que daré de mi vida para mejorar la suya.

Pues le adopto sabiendo que morirá, que su tiempo es limitado, pero que está en este mundo porque nosotros mismos hicimos que sucediera: criaderos, razas que se vuelven moda y eneros llenos de animales abandonados que un mes atrás fueron regalos.

Y esto lo veo claro en la forma como llegaron mis perros. El primero fue víctima del derrumbe de Aranjuez en el 2017. Entre las personas que fueron a ayudar, alguien lo encontró y decidió que podía ayudar una vida que no sería capaz de valerse por sí misma. Y lo salvó. La segunda llegó en ausencia de generosidad: la compraron pensando en lo que les daría, mas no en lo que había que darle. Nadie pensó en sus necesidades. Estuvo en varios hogares como si no fuera una vida, sino una mala decisión que había que arreglar.

Por eso creo que somos mejores como humanos, y por ende como sociedad, cuando elegimos extender la mano para cuidar, no para dañar. Cuando en Colombia logramos que Cartagena "jubile" a los caballos que arrastraban los coches (decreto 2296 del 2025), que se prohíba el testeo de cosméticos en animales (Ley 2047 de 2020), que se declare "No más olé" (Ley 2385 del 2024). Ahí demostramos que también somos criaturas generosas capaces de proteger y cuidar una vida que es más frágil que la nuestra en lugar de acabar con ella, herirla o desecharla.

Incluso cuando el corazón se rompe con su partida. Porque ellos también merecen ser felices, pues no tuvieron la culpa de ser abandonados, enjaulados, utilizados, y el hecho de que sus vidas sean más cortas que la nuestra nos permite darles la oportunidad a otros animales de tener una vida cuidada, no desechada. Esas pequeñas vidas valen y, al ser generosos con ellas, somos generosos con nosotros mismos pues nos brindamos humanidad y recordamos que somos parte del planeta, no sus dueños.

Mis perros partirán y primero serán lágrimas, después recuerdos y, finalmente, la certeza de que hacerlos felices es hacer lo correcto.