Después de las elecciones del 8 de marzo, de los resultados electorales y de las conclusiones sobre lo que allí sucedió, bien vale la pena invitar, de pronto de manera inútilmente esperanzadora, a todos los ciudadanos a pensar muy bien sobre su decisión en las urnas, a pensárnoslo mejor. Y esto lo decimos porque será necesario para el resultado tener presente que hoy somos sujetos de manipulación así no lo queramos reconocer.
No sé cuántos expertos han demostrado ya que las grandes empresas tecnológicas y sus algoritmos superdesarrollados han provocado que seamos una sociedad en la que vivimos en burbujas, a pesar del espejismo de formar parte de una gran conversación; que está siendo bombardeada por información que confirme nuestros sesgos, justo en una época en que nos creemos muy bien informados; y cuando las mentiras de los políticos ya no pasan cuenta de cobro, sino que generan emociones, así vaya muriendo el valor de decir la verdad y de reconocer los errores.
Ante esta fragilidad, se necesita más que nunca de unos electores informados, que seamos capaces de votar a conciencia de que a quien elegimos es una persona con un programa de gobierno que considera las complejidades que se va a encontrar al asumir el Solio de Bolívar y que tenga un equipo que permita desarrollar ideas tan innovadoras como posibles con el fin de que puedan ser realizables con sentido de construcción de país.
Pensar solo en lo que me emociona de un candidato, votar por lo que dijo en un video, por la estética de su campaña política o porque me benefició en lo personal una decisión que pudo terminar por afectar lo colectivo es caer en el juego del ego que tanto daño le hace a una nación. No es tiempo de parapetarnos en la ilusión de las ideologías, sino que este momento de país, cuando desde la Presidencia se lanzan descalificaciones a un sistema electoral que con sus bemoles ha funcionado incluso para quienes hoy gobiernan y se hace proselitismo partidista de forma descarada, lo peor que nos puede pasar es que sigamos echando la culpa de los males a los otros.
Resulta que este país vive en permanente crispación política y es así como en lugar de pasar página, cada elección se convierte de facto y por cuenta de las voracidades personales y/o partidistas en punta de lanza de la siguiente contienda en las urnas. Hay quienes quieren sembrar una sensación de derrotismo, de sinsalida, que alimentan muy bien los algoritmos que nos generan ansiedad, que nos afectan nuestra salud mental, pero que se cobijan con el extraño espejismo de que cuando permanecemos todo el día frente a la pantalla hacemos uso de nuestra libertad.
El problema es que estamos siendo propensos como sociedad a no querer ver las complejidades que tiene el gobernar y es como se prefieren las simplistas decisiones que proponen los políticos populistas desde orillas distintas y que nos emocionan, a pesar de saber que será imposible realizarlas. Sin embargo, la postura sensata, la que habla con la verdad, la que se apoya en datos técnicos no conquista tanto. De ahí que esta sea la propuesta de este editorial. Los invitamos a pensar mejor el voto, a enterarnos de los programas de gobierno y escoger con sentido de realidad. Como debería ser.
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