Sergio Londoño es uno de esos nombres que nos traen a la memoria la capacidad de Manizales de crear pioneros en muchos temas de la cultura. Un hombre que llegó en 1914 a esta capital, de Filandia, entonces Caldas, a donde había ido a parar tras salir de su Abejorral natal. Su idea era clara, en esta capital sus habilidades de artesano le darían para ganarse la vida para él, su esposa y sus tres hijos.
Así fue como montó su teatrino con algunos muñecos de guante y empezó a crear personajes que se fueron volviendo entrañables para los manizaleños de un siglo atrás, quienes inmortalizaron al artista y a sus creaciones en escritos que permiten saber la importancia que tuvo para el desarrollo cultural de la comarca, no solo porque hacía los muñecos, sino por su capacidad creativa para contar historias costumbristas, al estilo de Tomás Carrasquilla o de nuestro Rafael Arango Villegas.
Tuvo la suerte Sergio Londoño de que a su paso por Manizales, el artista español de muñecos Juan Casola viera su trabajo y se sorprendiera de la habilidad, del ya manizaleño para entonces, de crear voces, de manejar infinidad de personajes él solo y de crear historias que hacían las delicias. Casola le regaló 14 muñecos y le enseñó la técnica para manejarlos. De manera increíble, los descendientes del titiritero local conservan buena cantidad de estos muñecos y el gestor cultural Augusto Muñoz ha sabido darles lustre, adecuando una muestra para que quienes vayan a su teatro los conozcan. Promueve un mejor sitio para ellos. ¿Qué tal un museo?
Es momento para recordar que también otros muñecos famosos los creó un manizaleño, Jaime Manzur, que durante más de medio siglo deleitó a los bogotanos y sus marionetas son ya patrimonio de Colombia, gracias a la Fundación que lleva el nombre del artista y a la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes. Lograron que la Dirección de Patrimonio y Memoria del Ministerio de Cultura declarara esa colección como bien mueble de interés cultural de carácter nacional.
Algo similar se ha intentado para que esa historia centenaria de Manizales, de Manuelucho, el padre Asmita, y el centenar de muñecos que se conservan tengan un espacio digno, un tratamiento idóneo, pero como es habitual con temas de la cultura en esta ciudad, las puertas se cierran. El escritor e historiador Albeiro Valencia Llano en su libro La aldea, el pueblo, la ciudad hace reconocimiento a Sergio Londoño. Dice que sus funciones eran alegres y graciosas y recuerda un texto de Tomás Calderón en LA PATRIA: “el pequeño guiñol de Sergio Londoño era una docta cátedra de psicología y no había ninguna de sus marionetas que no tuviera dentro de su pecho de trapos y virutas, un diminuto corazón humano”.
Esperamos que las secretarías de Cultura de Manizales y de Caldas le den el valor a esta obra, no solo por lo histórico y patrimonial, sino porque es también la huella de una región que fue y ya no existe, es la memoria de los objetos que nos hicieron lo que somos. Y eso sí que es humano.