Reducir la democracia a la posibilidad que tienen los electores de votar es muy simplista si se tienen en cuenta que los estados democráticos, para que lo sean, deben reunir otras condiciones clave: la separación de poderes públicos, la rendición de cuentas, la rotación del gobierno, las elecciones libres, el respeto por los derechos de las minorías y de la oposición, así como por la libertad de prensa, entre otros aspectos. Sin embargo, si el derecho a sufragar que tienen los ciudadanos no se usa, pues se está desperdiciando la forma más expedita que se tiene para ejercer el derecho a decidir en esa democracia. Esta es la razón por la que no podemos compartir la idea de quienes creen que abstenerse de votar es una forma de participar. Al contrario, es permitir que otros decidan por nosotros.
El censo electoral en Colombia es de 41 millones 287 mil 84 y en Caldas es de 834 mil 103 y en el mejor de los casos vota un 60 por ciento del potencial electoral. Ese 40 por ciento, o más, que no hace uso de su derecho ciudadano de elegir en esta democracia directa que tenemos, pues facilita que las microempresas electorales lleguen al poder, toda vez que les resulta más fácil hacer cuentas para salir elegidos con sus votos comprometidos en contratos, en puestos o en favores políticos. Y esto empequeñece la posibilidad de democratizar más el país como el sistema que Abraham Licoln soñaba: un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. El pueblo entendido como la ciudadanía en general, no esa definición de la que se apropian ciertos sectores para decirse representantes y gobernantes solo en favor de un sector de la opinión pública. Lo que ellos consideran pueblo son sus fieles votantes, sus compañeros ideológicos. Y en cambio, para estos, no es pueblo el otro, el que piensa distinto. Qué amañadas definiciones. En parte esta es la razón por la que el presidente, Gustavo Petro, ha destinado las últimas semanas a tratar de deslegitimar el proceso electoral en Colombia, el mismo por el que fue elegido congresista, alcalde de Bogotá y presidente, pero es lo que mejor sabe hacer: sembrar dudas, generar suspicacias y luego aprovechar eso en función de encender las calles.
El sistema electoral colombiano no es perfecto, pero es confiable. No se puede olvidar que si alguien puede cuidar las elecciones es cada jurado de votación, cada testigo electoral y cada votante. Es la opinión pública haciendo veeduría y revisando que se cumplan todos los protocolos la que protege la democracia participativa. Que sea pues un día para votar concienzudamente, para escoger a quienes consideramos pueden hacer el mejor papel y, sobre todo, votar por personas honestas e idóneas, porque reencauzar el país por la senda ética solo es posible con una ciudadanía comprometida con un futuro mejor para todos. Votemos en la consulta y también por el Congreso, así tendremos tranquilidad para exigir y reclamarles a quienes hoy prometieron cosas que mañana no lleguen a cumplir.