Quienes siendo aspirantes presidenciales se dieron cuenta de que era necesario dar un paso al costado y dejar que a la primera vuelta el 31 de mayo lleguen reales fuerzas políticas del país, un gracias. Hay que reconocerles que tuvieron, así fuera tarde, la capacidad de aceptar que no debían continuar engrosando una larga lista de por lo menos 75 precandidatos, de todo como en botica. Ser elegido es un derecho constitucional en Colombia, pero a la vez se abusa de ello cuando algunos se lanzan a sabiendas de que no tienen posibilidades de llegar a un cargo de esta dignidad o sin siquiera tener la suficiente fortaleza política ni la experiencia ni la formación necesarias.
Mantenerse a pesar de que con los resultados del domingo las consultas interpartidistas aclararon el mapa político para las presidenciales, pareciera ser una terquedad. Algo muy extraordinario tendría que suceder para que tomen relevancia los que sin opciones reales de votos siguen haciendo campaña frente a tres fuerzas representadas en los candidatos presidenciales y sus fórmulas vicepresidenciales: Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, de la derecha y centro político; Iván Cepeda y Aida Quilcué, del Pacto Histórico, y Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, del movimiento de derecha Firmes por la Patria.
Ya hoy es otro momento político; por lo tanto, las “fotografías” que mostraron las encuestas electorales publicadas antes de las consultas interpartidistas, quedan atrás. Más bien las campañas deben estar concentradas en buscar y hacer alianzas, adhesiones y coaliciones que logren unir ideas, porque lo que necesita ahora el elector en Colombia es conocer cuál es la visión de país que tienen los candidatos y lo que están proponiendo para resolver los múltiples problemas nacionales. Eso será clave para que el voto sea más consciente, más informado, con mayor discernimiento y con menos errores posibles, incluso a la hora de marcar una equis en las tarjetas electorales.
Las campañas entraron a la etapa más fuerte, lo que no debe significar que para conseguir votos y seguidores tengan que echar mano de prácticas indebidas, de acusaciones infundadas, de ataques, de publicidad negra, de incitaciones a la protesta violenta, de inducir a la comisión de delitos electorales. Lo mejor que le podría pasar a Colombia es que se den unas elecciones presidenciales sin alteraciones, tranquilas; que votar vuelva a ser una fiesta democrática y que los ciudadanos habilitados para sufragar participen, inclusive antes del día de la elección buscando conocer lo más que se pueda de quienes buscan llegar a la Presidencia.
También hay que decir que las autoridades electorales -Registraduría Nacional y Consejo Nacional Electoral- demostraron el domingo 8 de marzo que pueden brindar las garantías suficientes para los procesos de elección, se vio para las de Congreso de la República y con toda seguridad se mantendrán o inclusive su pueden fortalecer más todavía para darles mayor tranquilidad a todos los sectores. Las críticas que se han hecho, incluso desde el Gobierno nacional, son infundadas o de campañas interesadas en mantener un ambiente de polarización en el país. ¿No será que esto es parte de lo que está alejando a tantas personas de su decisión de votar?