El sainete estaba preparado. La transmisión en directo del Consejo de Ministros. El ministro Sandino mencionó, tan libreteado como tantas otras cosas en la política nacional, que había llevado los formularios de la iniciativa de un grupo de ciudadanos de izquierda para promover -por enésima vez en este cuatrienio- la convocatoria a una asamblea nacional constituyente. Y, por supuesto, el protagonista y productor de toda la película dijo las líneas preparadas: que sería el primero en firmar por esta oportunidad para ahondar los principios de la Constitución del 91.
El presidente Gustavo Petro volvió con la cantinela de la constituyente, que ha repetido tantas veces y se ha desmarcado de la misma tantas otras, que esta fue una noticia menor en todas partes, pero no nos llamemos a engaños. El estilo autoritario del mandatario se desarrolla una vez más en la forma como les da rienda suelta a quienes promueven la reforma constitucional, que, como hemos sostenido en otras ocasiones, resulta innecesaria de esa manera. Si bien se requieren ajustes, como ya se han hecho muchos, para eso está la vía del acto legislativo, lo que garantiza el estudio profundo del Congreso, con la oportunidad de sus dos vueltas obligadas en dos legislaturas diferentes.
Ya vimos que en Chile fracasó la intentona constituyente, también en Ecuador y eso que en esos países había motivos de sobra para modificar las ideologizadas constituciones. En Colombia en cambio, se trata del más importante pacto político ocurrido en el último cuarto del siglo pasado, que permitió no solo conversaciones difíciles, sino abrir el espacio para darles más poder a los ciudadanos y respeto por sus derechos, después de décadas de un Estado de sitio casi permanente. Así mismo, dio paso a la modernización de instituciones y, aunque no todo es perfecto, sigue siendo una Constitución incluyente y modernizante.
Ahora bien, también puede ser que se agite desde la Casa de Nariño la bandera de la constituyente como cortina de humo para tantos problemas que tiene el Gobierno o para la evidente falta de argumentos para defender el exceso de gastos y de contrataciones de última hora, lo que tanto cuestionaba el inquilino de ese edificio cuando estaba en la cómoda silla de la oposición congresarial. Aquí también lo que hay es una excusa para ideologizar más los propósitos de Estado, que no deberían tener sesgos políticos.
Sacar de la pobreza a millones de colombianos, dotar de servicios básicos a toda la población, conectar el país por vías y otras formas de comunicación idóneas y seguras, mejorar la calidad de la educación debería ser el propósito común y no asuntos de derechas o izquierdas, pero el discurso divisorio de Petro -que les encanta comprar a los del otro lado del espectro político- lo que aporta son elementos para extremar más las posturas en unas elecciones presidenciales que realmente se iniciarán el 8 de marzo después de conocerse la conformación del Congreso de la República y los candidatos que saldrán fortalecidos de las consultas.