El 20 de marzo de 1926 las llamas consumieron la Catedral de Manizales y con ella buena parte de lo que quedaba del Centro, pues nueve meses antes, otro incendio había devorado una veintena de manzanas, en una ciudad de apenas 50 mil habitantes. Aquella tragedia no fue solo arquitectónica: significó la pérdida de la mitad de la urbe de entonces, y puso a Manizales frente a una encrucijada decisiva. Podía resignarse a ser un pequeño pueblo marcado por la ruina, o podía reinventarse desafiando el fuego y el tiempo.
Fueron tres los grandes incendios de la década del 20 del siglo pasado, 1922, 1925 y 1926. El último consumió dos símbolos clave de Manizales, su Catedral, un cuarto de siglo después reconstruida con los planos originales en la forma del templo en Chipre, y LA PATRIA, cuando aún no se tenía idea de que era el diario que se iba a convertir en el más importante de la región y que sigue aquí 100 años después. Este también había quedado en cenizas en 1922.
Hoy, al cumplirse un siglo de aquel incendio, sorprende el silencio de la ciudad frente a esa memoria, algo que se está convirtiendo en sintomático en nuestra región. El desdén por la memoria, por la historia de personajes, edificaciones e instituciones que nos han permitido configurar esa versión de lo que podríamos llamar caldensidad, es la razón por la que muchos tesoros que se conservan de los patricios de la región, sus herederos se abstengan de compartirlos con los demás. Si no es por iniciativas particulares, como la de historiadores, poco o nada se rescataría.
La recuperación de Manizales, la decisión de unos dirigentes que miraron con la frente en alto al futuro debería ser asunto de conversaciones permanentes para que las nuevas generaciones sean conscientes de la grandeza de los hombros sobre los que siguen construyendo. Y este asunto cívico debería ser jalonado por la Secretaría de Cultura y la Alcaldía, y apoyar a quienes sumen a tal causa. No se trata de vivir de nostalgias o de encumbrar el pasado como si fuera una narración feliz; todo lo contrario, se trata de excavar en lo que hemos sido como territorio, como ciudadanía, con todos los conflictos, las pérdidas y los logros para que se le dé sentido en el tiempo a la memoria y entender que hubo unos personajes que imaginaron una Manizales que trascendiera la adversidad.
Es una invitación a recuperar la capacidad de pensar en grande y de liderar con audacia, con sentido del bien común y no del protagonismo personal. Los líderes de la época eligieron pensar en grande. Convocaron concursos internacionales y fue así como terminó el jefe de Monumentos de París, Julian Polti, diseñando la nueva Catedral. Esa decisión fue un acto de civismo y visión colectiva. Allí se forjó un ADN manizaleño que convirtió la pérdida en oportunidad y la tragedia en modernidad. Cuánto podemos aprender de ese momento cuando hay tanto quien quiere sembrarnos hoy la idea de hecatombe.