La autenticidad es un atributo que en los años recientes se ha cotizado en los mercados y en la sociedad en general, al punto que hoy aparece, no como un acto de rebelión, sino casi como una exigencia comercial y social. A lo anterior, los psicólogos advierten el riesgo de simplificación, distorsión o trivialización del concepto, con lo cual se termina diluyendo su fuerza, su potencia y su eficiencia.

En este sentido, las marcas han sido exigidas por la sociedad para que incorporen criterios de actuación mucho más transparentes y ampliamente aceptados por la sociedad. En la segunda mitad de la pasada década, la reputada consultora Accenture sorprendió al mundo cuando anunció que, de acuerdo con sus investigaciones, la confianza de la sociedad en una marca era tan determinante como el crecimiento y la rentabilidad para determinar la agilidad competitiva de las compañías.

A partir de esta señal, las empresas líderes ajustaron sus estrategias de relacionamiento con clientes y sociedad en general, profundizando aspectos como el cuidado, la eficiencia, el respeto y la transparencia y las que han llegado más lejos, lo demuestran estudios recientes, son las que supieron transformarse de manera auténtica y consciente de la mano de líderes empresariales con profundo sentido humano.

La autenticidad de los individuos se relaciona con la autorregulación, un rasgo de la personalidad mediante el cual las condiciones del entorno determinan y condicionan los comportamientos. Cuando la autorregulación es fuerte, el individuo busca adaptarse privilegiando el cuidado de sí mismo, la paz de las relaciones con los demás y evitando la incomodidad social, con lo cual, en algunas ocasiones, no necesariamente en todas, se renuncia a ser auténtico.

Y tal vez por eso en la política, a propósito de esta campaña electoral, una de las grandes ausentes es justamente la autenticidad. Los candidatos y los líderes en ejercicio, en su tarea de conquistar al electorado, deben adaptarse e incorporar mensajes, ideas o posturas “políticamente correctas”, expresar, manifestar o mostrar lo que el electorado quiere o necesita escuchar o ver, así no sea parte de su rutina o de su vida personal. Deben acudir a las más simpáticas estrategias para aparentar lo que no son para conectar con el electorado. Somos conscientes de que así funciona y parecemos resignados a la imposibilidad de transformar esa realidad que resulta tan peligrosa y tan costosa para la sociedad.

El Barómetro de confianza de Edelman 2025 muestra que en Colombia el 81% de las personas cree que “los líderes gubernamentales engañan intencionalmente mediante declaraciones falsas o exageraciones desproporcionadas”, el 78% lo cree de los periodistas y reporteros y el 76% lo cree de los líderes empresariales. En consecuencia, la misma investigación muestra que el 27% de la población, es decir, 1 de cada 4 personas, “ven en el activismo hostil un medio para impulsar cambios”. El reporte 2026 muestra que, en el mundo, 7 de cada 10 personas se declaran reacias o no dispuestas a confiar en ese “otro diferente”. Este fenómeno lo define como “insularidad” entendida como la conformación en la sociedad de círculos de confianza cada vez más pequeños, más cerrados y más obtusos.

En este camino se puede esperar la profundización de la crisis de confianza y la mayor imposibilidad de construir acuerdos para transformar realidades. El empresariado, quien dispone de un buen nivel de confianza en la sociedad, es el llamado a liderar la agenda de transformación que nos permita pensar en un futuro más promisorio.