A pesar de tantas publicaciones que lanzamos al mercado los historiadores, en la que con documentos nos encargamos de describir el pasado, especialmente el de la fundación de nuestras poblaciones, el amplio público solo retiene, de todos los personajes que influyen en el acto de crear una población, el del arriero.
Es curiosa la fijación que tiene nuestra gente con esos hombres esforzados e intrépidos que recorrían la geografía sin dejarse amilanar por la inclemencia del clima o las condiciones deterioradas de los caminos de herradura en esas épocas. Esa mirada arrierocentrista, el que el arriero lo hace todo, es un exabrupto que perjudica enormemente la básica comprensión del pasado. El arriero opaca a los verdaderos gestores, que son los colonos; no por nada a ese pasado lo llamamos Colonización Antioqueña y no arriería antioqueña. Y al hablar de colono, en esa categoría entra un gran número de oficios, y entra la mujer y entra la infancia, aspectos que no han sido estudiados a fondo por la bendita sombra que hace el arriero y su vociferante hinchada.
No hay mural decorativo que no muestre un hombre arreando unas mulas a lo largo de un polvoriento camino. Supongo que a la gente se le alborota un sentimiento romántico que altera la realidad histórica, dejando que la emoción, y no el conocimiento, sea la brújula para recorrer nuestro pasado y su intrincada red de caminos. Somos testigos de una simplificación peligrosa de nuestro pasado, en la cual se reduce un pasado muy interesante a un solo símbolo que abraza una emoción, pero dista de ser el verdadero pasado.
No creo que esta invasión sea maldad de estos valientes y fuertes hombres, sino producto de una sociedad perezosa y facilista que no se toma la molestia de leer y, por ende, enterarse de qué está hablando. Esta gente se emociona con la mula y su carga conquistando a paso firme la montaña y el hombre en alpargatas, delantal, terciando un carriel sobre una camisa abierta.
Debe entender la gente que el colono es el protagonista, saber que nuestro pasado no se puede reducir a un solo oficio y que el colono es hombre y es mujer. Al colono le tocó el trabajo de convertir la selva en cultivo; le tocó construir las casas para formar el rancherío, trazar los caminos a pico y pala para que pudieran llegar más habitantes; le tocó luchar, a él y a ella, en las guerras civiles, y fue el colono quien con la guía del cura párroco edificó iglesias, colegios y hospitales. No atrofiemos la esencia de nuestra historia, eliminando lo importante, reemplazando los verdaderos gestores por unos de secundario papel en esa gesta.
Y si se mira con atención la historia regional, hay otro arquetipo de protagonista que igualmente fenece ante la sombra agobiante del arriero: el minero, porque fueron ellos los descubridores de la región en la cual decidieron asentarse. Así que, siguiendo un orden cronológico, son los mineros los primeros responsables de nuestra actualidad, seguidos por los colonos que fundaron nuestros pueblos y, por ende, nuestra civilidad.