Se dice -y con cierta lógica- que los griegos antiguos consideraban que el arte de la pintura había comenzado con el dibujo de las sombras humanas prendidas en las paredes. Siluetas.
Sobre este origen, Plinio El Viejo retomó -con seriedad- lo que vendría a ser una leyenda fundacional y poética. El comienzo de la pintura en el amor y su sombra. Nacido ese arte en la lucha de la añoranza contra el olvido. Escribió: “La hija de Butades, movida por el amor hacia un joven que debía partir, dibujó en la pared la sombra de su rostro proyectada por la lámpara”.
Era el siglo VII antes de Cristo. Era la noche griega. Era en la ciudad de Corinto. Él dormía. La luz de una vela reflejaba su sombra en la pared. Ella velaba, guardiana de su descanso. Recuerda que al alba él partirá a la batalla, cruzando la frontera hacia el destino fatal de los combatientes. Tomó Kora, tal era su nombre, un carboncillo y en la pared comenzó a dibujar el perfil reflejado del amado. Czeslaw Milosz: “Una sombra en un rincón señala su corazón”. He aquí el altamente imaginado nacimiento de la pintura, cual flor del amor, con su fugacidad… y por su exilio y su nostalgia.
Otro será el origen de la pintura, pero suele suceder que la leyenda alimenta mejor que la realidad la verdad del corazón humano. Una mujer, transida por la transitoriedad de una presencia, resuelve iniciar el combate de su memoria por el ausente. Toma un tizón, suave de trazos, y busca allí la perpetuidad de aquel que al despuntar el alba partirá hacia la muerte. Y en esa lucha contra la distancia y el vacío, inventa la pintura.
Para ella, aquel un momento de crepúsculo y despedida. Instante que se abre, suave de dolencia exquisita, entre una lágrima y la melancolía, entre la ternura y los adioses. Alma estremecida por el tenue hilo de una pasión que se despide ante la quietud del sueño, el de él, en medio de ese, su último silencio antes de su muerte. Nace allí el arte, desde la belleza trémula del amor, con sus añoranzas de eternidad en una dulce silueta. Lentas, convocantes manos de su corazón de mujer, dibujando la crisálida de su amor, de su inmutable amor grabado en la inmutable piedra.
Ella detendrá el tiempo, detendrá la muerte y rescatará la voz del amado en esa silueta, la que le hablará -rumorosa entre el silencio y la distancia- a sus pupilas.
15 May, 2026
Una sombra contra el olvido
Otro será el origen de la pintura, pero suele suceder que la leyenda alimenta mejor que la realidad la verdad del corazón humano.