17 Abr, 2026

Del llanto y la guerra

Las lágrimas humanas son de tres clases. Para lubricar los ojos, para defenderlos (del humo o la cebolla) y las emocionales. 

Si Hitler hubiera podido llorar correctamente, tal vez no hubiera perdido la guerra. Para esta interrogación y para algunas consideraciones que presento a continuación, solicito no sean leídas literalmente, sino como ficción realista, como ejercicio de un posible histórico.
Churchill y Lincoln, al contrario, sí sabían del llanto correcto, y eso les ayudó a vencer en sus terribles conflagraciones. De ellos, algún poeta calificado podría escribir un verso, como en oración de lamento triunfante, así recordándolos: de aquellos hombres fuertes fueron aquellas lágrimas que ganaron las guerras.
Las lágrimas humanas son de tres clases. Para lubricar los ojos, para defenderlos (del humo o la cebolla) y las emocionales. Estas últimas pueden ser beneficiosas o no para quien las derrama.
Churchill, en la Segunda Guerra Mundial, y Lincoln, como presidente en la de Secesión, lloraron en muchas ocasiones ante los sufrimientos de sus compatriotas. Lágrimas de compasión y solidaridad. Hoy se examina químicamente ese tipo de llanto, y su composición muestra que descarga prolactina tóxica y cortisol, elemento generador del estrés. Sirven de purificación, liberación y empatía. Así se salvaron estos dos personajes del trauma emocional. Lágrimas que los invitaron a reflexionar, a ser más humanos. Su compromiso con la vida, descansaban en el llanto.
Hitler, si lloró, lo hizo después de perder batallas, no por las muertes de sus soldados y el sufrimiento de su pueblo, sino como lamento por sus propias desgracias. Llanto egoísta, no reparador y sí generador de más egocentrismo, después del cual se ratificó en sus ordalías. Por eso me pregunté, al principio, si Hitler hubiera sabido llorar bien -bien y correctamente- tal vez hubiera rectificado para evitar su derrota. Quizás ni hubiera iniciado su fatal contienda.
Aquí interviene también otro sentimiento ligado al tema del llanto, y es la tristeza. Hoy la sicología reconoce que no es un sentimiento negativo. Muy útil. Somáticamente hacemos una pausa, ralentizamos nuestro organismo; como los osos en hibernación, ahorramos energía. Sirve para reiniciarnos, para reflexionar y para sentirnos más humanos. Al superar la tristeza seremos otros, mejores.
Churchill y Lincoln tenían episodios de tristeza, eran depresivos y procedían de acuerdo con las virtudes de ese sentimiento. Diferente, Hitler, inhumano, convertía los factores de tristeza en rabia, en ira, en frustración. La volvía algo tóxico y agresivo. No se reiniciaba, no reflexionaba, no modificaba, insistía en sus errores causantes de su lacerante amargura. Si hubiera sabido ser triste correctamente, quizás hubiera tratado de evitar su total fracaso.
Según Heráclito el carácter del hombre es su destino. Retrata al furioso Hitler, insistente soberbio y derrotado. Al contrario, Churchill y Lincoln, tenían benevolentes ojos en sus cansados llantos para con el sufrimiento ajeno; fueron sus lágrimas ceremonias de respeto, como un rumor de quienes incorporan el dolor ajeno a sus dolientes campos interiores. Esas penumbras en sus almas fueron iluminadas mediante la luz de sus humanos lamentos.
En fin, rindió en triunfo ese piadoso homenaje en llantos a los sacrificados, inspirado, escrito, contenido en los sollozos de sus sensibles y solidarios capitanes.