Informé a unos contertulios: estoy coleccionando escritos elogiosos para con la vejez. ¿Y qué? Les aclaré: muchos son válidos, pero ninguno de ellos convencería, de sus bondades de vida, a un joven, a un adulto y menos a un viejo.
Tal vez, si hubiera podido dialogar con Gesualdo Bufalino, opinaría diferente. Bufalino, siciliano, (1920-1996), publicó su primer libro a los 61 años, “Perorata del apestado”, de poético contenido, lo consagró, fue galardonado y continuó publicando hasta su muerte. Tengo en mis manos una edición de 1990, traducción al español, en la solapa una fotografía del autor con mínima presencia física, vestido desmañado, sentado, en quietud y silencio, en un andén. Hay sombras, pero la fotografía habla de paz. Y sus pasos literarios me permiten pensar que en la vejez se puede ser un pesimista feliz.
Escribió: “La vida es una larga convalecencia”. Comparto, nacemos con una herida, con una carencia, con déficit tanto de animalidad como de espíritu. Incompletos. Viviremos siempre en estado de recuperación, y por eso mucho de lo que hacemos son medicinas de consolación para mitigar las inclemencias del olvido, de las injusticias, de las añoranzas y sobre todo de la muerte.
También anotó Bufalino: “La memoria es una herida que se obstina en no cerrar”. Es el tema de la nostalgia, que después de cierta edad nace, y crece con los años cuando aumentan los recuerdos de aquello que tan bello fue, que se nos escapó con el tiempo y que ya no habrá tiempo para recuperarlo. La memoria se convierte en una triste alcancía de las añoranzas.
Bufalino nos consuela. Para darnos sentido a nosotros mismos, recomienda: “obra de tal modo que cada uno de tus actos sea digno de convertirse en recuerdo.” Y aunque nunca llegaremos, pienso, a la sanación total de las dolencias de los pesados y numerosos años, al advenir esos tiempos de crepúsculo y cierre, con recuerdos así, encontraremos sentido y alivio para nuestros subsiguientes y escasos terrenales días.
En la vejez no se dispone de aquellas fuerzas que el optimismo exige, como lo son ambicionar, planificar a largo plazo, organizar ilusiones de futuro, ascender con denuedo y esperanzas. Ya la vida no se nos abrirá como un campo de combate y laureles, así como lo hace para con el alegre y juvenil guerrero.
Lo anterior, ¿una invitación al desánimo? No, muchos años, ya serena la cuestión hormonal vendrá la paz del corazón. Buscar menos animal y más espíritu. Rafael Pombo: “No ya mi corazón desasosiegan/las mágicas visiones de otros días… unas no son, otras me niegan… vejez, viajera de la noche… feliz el que consulta/oráculos más altos que su duelo.” Es el más allá que consuela un pesimismo sereno, sin exigencias, matizado. Un pesimista feliz, al decir de Jean Giono.
Lo enseña Bufalino, quien continuó alegre, creando a pesar de los años, limpia en el alma la faz de sus arrugas, claro en sus sueños, convirtiendo su senectud en una verdad moral; y además poetizando. Vejez de un creativo, risueño, armonizando, uniendo en su escritura el decir profundo con el decirlo bellamente.