13 Jun, 2026

Dios, la esperanza, el mal

Tantísimas situaciones semejantes en la historia, algunos le exigen a Dios que, cual Quijote universal, esté siempre presente.

Los filósofos se habían resignado a navegar sin mayor brújula sobre el tema del mal, incordio de difícil explicación. Hasta que llegó el Siglo XX con sus grandes horrores. El Holocausto nazi, 6 millones de judíos masacrados y más de 5 millones de polacos, prisioneros rusos y gitanos, asesinados en circunstancias parecidas. Ante semejantes cifras de espanto, pensadores, literatos, poetas, religiosos, incluidos los filósofos, se vieron obligados a reflexionar sobre el mal causado por los seres humanos.
Opino que la explicación más aceptable la ofreció San Agustín: el mal producto del libre albedrío; la voluntad del hombre decide ejercerlo. Como tantas cosas en este mundo, el mal, creación del ser humano.
El mal, causante del daño, tiene dos aspectos: victimario y víctima. Para el primero castigo, para la segunda reparación. Ambos requerimientos de la justicia. Pero ¿dónde sanciones y resarcimientos para esos 11 millones vejados y asesinados por Hitler? Ello aquí no se dio.
Problema de la Teodicea, que busca compaginar el sufrimiento, producto del mal, con la existencia de Dios. ¿Lo permite? ¿Le es indiferente?
Elie Wiesel, judío, prisionero en un campo de concentración nazi, después, en la “Trilogía de la noche”, narra un estremecedor episodio. Cuelgan de la horca un niño; liviano, se demora en morir; agonizante criatura, detrás de Wiesel alguien pregunta. “¿Dónde está Dios, entonces? Y en mí sentí una voz que respondía: Ahí está, está colgado ahí, de esa horca…”
Pienso que ese silencio de Dios es su lógico respeto por el libre albedrío. Tantísimas situaciones semejantes en la historia, algunos le exigen a Dios que, cual Quijote universal, esté siempre presente para evitar todos los grandes desaguisados de horribles personajes.
Aquí ateísmo se quedaría sin explicación alguna. Yo me remito a Kant, “Crítica de la razón práctica”: necesitamos a Dios para que después restablezca la justicia, el orden moral y repare a las víctimas. Escribió: “El sumo bien solo es posible bajo la presuposición de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios”. Subrayo: “el sumo bien”, o sea los resarcimientos, inexistentes aquí, exigen un más allá de justicia. Es Kant, tan racional, alguien que redefinió la filosofía actual.
A Dios remite también el Salmo 56,8: “De mi peregrinar Tú llevas cuenta. Recibe mi pesar en tu vasija. ¿No estaba ya en tus libros?”.
Filósofo y salmista, dos invocaciones de razonable esperanza. Así como los darwinistas aseguran que la selección natural organizó -entre otros muchos ejemplos- la piel negra para defender los africanos de los fuertes rayos solares, y la piel blanca en los nórdicos para que los asimilaran mejor, así, desde el más allá, “Alguien” depositó en el corazón humano la esperanza, como testigo para confiar en los resarcimientos, plenitud contra la impunidad de atropellos y crímenes. Elevada fortaleza que incita al hombre finito a mantener, firme y sereno, la fe en la infinita justicia.
Bienaventurados en la esperanza, a ella nos invitó San Agustín.plenitud contra la impunidad de atropellos y crímenes. Elevada fortaleza que incita al hombre finito a mantener, firme y sereno, la fe en la infinita justicia.
Bienaventurados en la esperanza, a ella nos invitó San Agustín.