Tal vez la cuestión fundamental de la vida humana -y de toda filosofía personal-, la planteó Shakespeare en aquel monólogo cuando Hamlet se pregunta: “ser o no ser, he aquí el dilema”. Este, personaje sobre manera lúcido, a veces hasta el desequilibrio, muere sin haber despejado esa inquietud vital. En cambio, Don Quijote no tuvo esas dudas. En vida fue decidido caballero andante.
Por eso me ha inquietado la forma como Cervantes narra sus últimas horas. Su arrepentimiento, extremado en ese trance. Este Hidalgo, de pronto, en esos momentos se torna lúcido, renuncia a lo que fue, recuerda sus locuras y no solo abjura de ellas, sino que amenaza a su sobrina con desheredarla, caso llegare a casarse con alguien que hubiese leído tan solo un libro de caballerías.
Don Quijote, mientras vivió sus quimeras, no fue filósofo al estilo Hamlet. Le ocurriría -lector feliz- con las aventuras de los libros de caballerías, lo que nos sucede a nosotros ante un sueño agradable: mientras dura gozamos como si su contenido fuese verdadero. Estamos muy seguros en él. Pero al despertar ya no estaremos encantados y embrujados y regresaremos a la sensatez de nuestra prosaica vida. Por ello, loco y todo, fue un Don Quijote feliz mientras fue loco.
En esa final escena, el gran poder de la ficción se reinstala como si fuese realidad. Tanto que autorizados analistas la comentan como tal. Para Ortega y Gasset un acto de abdicación a la empresa de su vida; al recobrar su juicio desaparece su identidad, su razón de ser y ya no será más Don Quijote. Octavio Paz se exalta, aplaude su valiente renuncia a los imposibles, reconciliación de la vida con la realidad. Unamuno -fiel patético- le implora a Don Quijote que no dimita, que el mundo necesita su locura. La escena la entendió mejor Rafael Alberti, quien como poeta diagnosticó: “Cayó sin espada,/como caen los sueños cuando envejecen”.
Pero que Don Quijote, quien antes que andante caballero fue la pura esencia y el mágico maestro de los lectores, esos chamanes interiores oficiantes de los textos; pero que Don Quijote, quien fuera el paladín de los libros, ante quien nos inclinamos sus escuderos, los incondicionales de la lectura, también nosotros unos raros escapistas de las letras, que andamos como él, algo desguarnecidos en este mundo; pero que Don Quijote abjurara de su biblioteca -su alma íntima-, eso nos apesadumbra a los leales devotos del leer.
Si Petrarca iluminó que una bella muerte hace toda una vida honorable, ocurre algo raro con Don Quijote. Que un permanente combatiente muera en su cama, ya es desagradable. Pero además contrito de su valentía, eso transforma su vida en injusta e inútil. Igual, ¿arrepentido de qué? Que si por lo lunático, no tendría culpa alguna el Caballero; que si por los daños, estos fueron pocos y menores. Y si por las lecciones que nos dejó, más bien no rectificarse y sí ratificarse es lo que merece ante su muerte, ese gran lector y caballero, ese gran Don Quijote de los libros.