La historia es majestuosa. Tiene sus criterios: los de escoger, con predilección y fruición, para que la escuchen y la consideren como una obra de arte, aquellos hechos grandiosos que señalan trayectorias y resultados trascendentes. En contravía, me he dedicado a coleccionar en ella sencillas circunstancias, o momentos con trazas de insustanciales, o decisiones elementales de personajes anónimos que hayan generado consecuencias inmensas para esa misma historia que los ignora.
Una de las anteriores situaciones se vivió antes de la Revolución Rusa de 1917, la cual, por acción o por reacción, le señaló el rumbo al siglo XX. Reconozco que divago un poco al opinar que la existencia de ese inmenso hecho, con sus mundiales y largas y profundas consecuencias, pudo haberse frustrado por la decisión de un burócrata de muy bajo escalafón cuyo nombre nunca se conocerá.
Esa Revolución le envió al mundo un tremendo mensaje: el marxismo puede ser instaurado en un país. Y para efectos globales, recuérdese que desde Moscú siempre actuaron para exportar e imponerle ese sistema al mundo entero. Este orbe terráqueo se dividió políticamente en dos bandos, en competición por la supremacía: el capitalismo y el comunismo.
La guerra fría generó un miedo, frío y permanente, con la amenaza constante de la destrucción mutua y total con la bomba atómica. Las fronteras nacionales dejaron de ser físicas y se convirtieron en ideológicas, fronteras que, al mismo tiempo, señalaban el carácter de amigo o de enemigo. Los partidos comunistas se fortalecieron en muchos países, con lo cual se produjo una dinámica política interna más confrontacional, sin transacciones y casi que definitoria de distintos rumbos existenciales. Llegó la expandida guerrilla ideológica. Vietnam. Otros conflictos localizados. Muchas muertes.
Una consecución, quizás la mayor, de esa revolución rusa, fue lograr un Estado poderoso, obtenido con la explotación y el hambre de sus ciudadanos. Así pudo enfrentar a Hitler. Si bien Churchill fue quien mantuvo la resistencia cuando todo parecía perdido, la Segunda Guerra Mundial se ganó en los campos de la Unión Soviética. Sin su aporte, quizás Hitler habría vencido a Inglaterra, se habría apoderado de toda Europa, dejando aislados a los Estados Unidos. Y con un mundo colonizado por el nacismo y sus sucesores, ¡cuán distinto viviríamos hoy! Punto para esa revolución.
Y Lenin fue quien hizo esa revolución, sin él no hubiera existido. Se impuso al comité director del partido bolchevique, que en su mayoría se oponía al golpe de Estado y al acceso al poder en ese momento de octubre de 1917. Pero antes, recién llegado Lenin a Rusia desde su exilio, se temió por su vida. Se decidió que se entregaría como prisionero si se le otorgaban garantías de seguridad. Unos comisionados fueron a pedirlas, pero el burócrata carcelario del momento contestó que eso no era de su competencia. Entonces, Lenin, prisionero, no hubiera podido hacer su revolución. Literal, porque ella fue obra de la voluntad de Vladimir Ilich. Con la colaboración necesaria del anónimo funcionario.
Reminiscencias de Borges, quien ofició sobre el “laberinto/de los efectos y las causas/que forman este singular universo”.