Primero. Un hombre solo frente al abismo.
El 14 de junio de 1940 un Hitler triunfante a través de sus tropas ocupaba la inerme París. Pétain, mariscal francés, héroe de la Primera Guerra Mundial, solicitaba un armisticio equivalente a la rendición. Tres días después, el 17, un general, también francés, recién ascendido, desconocido, en el aeropuerto de Burdeos, en esa mañana, de prisa, tratando de no ser observado, al exilio tomaba un avión rumbo a Londres.
Este, Charles de Gaulle, confiesa que iba “con el corazón oprimido”, pero que también “llevaba conmigo la resolución de continuar la lucha”. Al día siguiente, sin un amigo, sin un apoyo, sin un francés a su lado, en la soledad de su alma, con el desamparo absoluto y con su destino al garete, desde los micrófonos de la BBC se dirigía a sus compatriotas.
Pero, ¡qué soberbia actitud! pero, ¡qué soberbias palabras! Se atrevió a afirmar, solemne: Francia ha perdido una batalla pero no la guerra. Francia no está sola; “ocurra lo que ocurra, la llama de la resistencia no debe apagarse y no se apagará. Mañana, como hoy, hablaré.” Pálido, despeinado, trémulo, con largas pausas debido a la emoción, reflexionará: “A medida que levantaban el vuelo las palabras irrevocables, sentía concluirse en mí una vida.”
Lo demás se conoce. Después de casi cinco años de combates y de jornadas, vacilantes entre la catástrofe y la esperanza, los aliados triunfaban sobre Hitler. Luego, De Gaulle se identificaría con su patria, y eso como contrapartida y por los momentos que acabo de referir.
Segundo. La madre y el chiquillo.
En Pléven, pequeña aldea francesa de 400 habitantes, el mismo día en que De Gaulle hablaba por primera vez desde la BBC, un chiquillo recorría esas calles afligidas, pregonero improvisado, informando que no todo estaba perdido, que por la radio un general De Gaulle sostenía que la guerra continuaba. Allí, una dama de 80 años, Jeanne Maillot, les dice: es mi hijo. Tras la derrota, hay algunos que ante ella se sonríen con desprecio, preguntando quién es ese general, improvisado, jefe de quiénes.
Madre, al fin de cuentas, le escribe para expresarle su confianza en sus palabras. Doce días después moría ella. Y solo cuatro gendarmes municipales, en una remota y solitaria y veraniega tarde polvorienta, firmes rindieron sus honores ante la tumba de la madre del general Charles de Gaulle.
Escenas que deberían ser enseñadas a los infantes. Que hay personajes de valentía y por sus convicciones. Que hay en esos corazones una voz interior que les dice que la vida significa tanto en cuanto se responda a las exigencias del deber, del peligro e inclusive de la desesperanza. Que el servicio a una causa superior no calcula y sí arriesga. Que en ciertos momentos hay que colocar la propia vida en la balanza de los valores de la propia fe.
La historia enseña que ellos no fallan y sí aciertan; que triunfan; que los protegen su honor y la firmeza de sus convicciones. Y que si hay un cielo -que sí lo hay- allá habrá un señalado lugar para los valientes de la tierra.