Curiosamente, si hay algo que la mayoría de las personas anhelan a lo largo de su vida, es el poder. Al mismo tiempo hay pocas cosas que son tan incomprendidas como la soledad que lo acompaña. Desde afuera, liderar parece un privilegio. Decidir, influir, orientar, ser referente. Sin embargo, a medida que se asciende en cualquier estructura, ya sea empresarial, política, académica o incluso familiar, algo empieza a cambiar silenciosamente: las conversaciones comienzan a clasificarse.
Ya no todos dicen lo que piensan. La mayoría hacen lo posible por evitar contradecir; incluso, ya no todos se atreven. Y empieza a estandarizarse que el líder, muchas veces sin darse cuenta, comience a escuchar sólo versiones suavizadas
de la realidad. Porque hay una soledad inevitable generada por las decisiones que nadie más puede tomar. Esta se convierte en pieza clave del liderazgo, llegando a ser parte del peso natural de la responsabilidad.
Pero existe otra soledad, aún más peligrosa: la que el propio líder construye cuando el cargo empieza a importar más que su propio carácter. Cuando es el ego el que sustituye la posibilidad de escuchar, haciendo que la autoridad reemplace el diálogo. Esto lleva a que la necesidad de admiración supere la necesidad de verdad.
Es en este momento cuando el poder aísla. Me he encontrado con organizaciones técnicamente brillantes, que se deterioran por decisiones tomadas desde la soberbia. He visto equipos talentosos desconectarse emocionalmente, porque nadie podía decirle al líder que estaba equivocado. Me ha tocado presenciar cómo la cima se convierte en un lugar incómodo cuando ya no hay conversaciones honestas.
Un líder que trabaja su interior comprende que el disenso es un regalo, que la crítica es un termómetro y que la vulnerabilidad no debilita la autoridad, la humaniza. El que no necesita ser adulado puede escuchar con libertad. De hecho, cuando no se depende del aplauso, es el momento en que se pueden tomar decisiones con serenidad.
Quien no confunde cargo con identidad puede descender del pedestal y sentarse a generar buenas conversaciones, escuchando para entender y no para responder. El verdadero riesgo no es estar sólo en la cima. El verdadero riesgo es llegar a la cima y no tener a nadie que pueda decirle que está cometiendo errores.
Si hoy usted ejerce liderazgo, en cualquier escenario, hágase esta pregunta incómoda: ¿Quién puede decirme la verdad sin temor? Si la respuesta no es clara, no es un problema de estructura organizacional. Es una alerta personal de la cual hay que ocuparse. Construya espacios donde se pueda cuestionar. Rodéese de personas que no necesiten su aprobación para hablar con honestidad. Y, sobre todo, trabaje su mundo interior con la misma disciplina con la que trabaja sus resultados.
El poder no necesita más admiradores y aduladores. Necesita líderes emocionalmente sólidos. Porque al final, la verdadera grandeza no está en llegar a la cumbre. Está en lograr que, aun estando allí, nadie tenga miedo de decirle que puede estar equivocado.