Cuando el año termina, muchos hacen balances desde una lógica implacable: lo que se logró, lo que no se logró y lo que “debería” haberse alcanzado. Metas cumplidas, cifras, resultados visibles. Y cuando esa lista no es tan larga como se esperaba, aparece la frustración, la culpa o la sensación de haber fallado, de habernos quedado en el camino. Pero tal vez no estamos haciendo la pregunta acertada.
Porque el mayor aprendizaje de este año no fue lo que logramos, sino en quién nos convertirmos mientras lo intentábamos.
Este año nos puso a prueba de manera silenciosa. Nos exigió más paciencia, más inteligencia emocional, más capacidad de adaptación y nos disminuyó la capacidad de asombro, que tanta falta hace a los seres humanos hoy día. Nos enfrentó a pérdidas, a decisiones difíciles, a momentos de cansancio profundo. Y en medio de todo eso, algo fue cambiando por dentro.
Algunas personas aprendieron a poner límites. Otras entendieron que no todo se logra controlar. Muchas descubrieron que seguir de pie, aún sin aplausos, también es una forma de éxito. El problema es que nadie nos enseñó a medir ese tipo de logros. No aparecen en los informes, no se publican en redes sociales y no siempre reciben el reconocimiento externo. Sin embargo, son los que realmente definen la calidad del liderazgo y de la propia vida.
Porque ¿de qué sirve alcanzar una meta si para lograrla perdimos el rumbo trazado inicialmente? ¿De qué sirve cerrar el año con resultados, pero con un ser agotado, desconectado o vacío? En los procesos de liderazgo ocurre algo similar. Las organizaciones suelen premiar el qué, pero ignoran el quién. Celebran cifras, pero no siempre el carácter con el que se alcanzan. Y, tarde o temprano, esa incoherencia pasa factura.
Este año nos dejó una lección clara: no basta con hacer más, hay que ser mejor en todo el sentido de la palabra. Mejor ser humano, mejor miembro de familia, un mejor líder, mejor ciudadano, mejor compañero, y por supuesto, mejor amigo. Una versión mejorada de uno mismo, incluso cuando las circunstancias no fueron las mejores. Tal vez no fue el año que todos esperábamos. Pero sí pudo haber sido el año que nos fortaleció. Y ese aprendizaje, el de convertirnos en personas más conscientes, más humildes y sólidas, es el único que realmente vale la pena llevarse al próximo año.
Porque los resultados y las circunstancias pueden variar, pero la persona en la que nos convertimos es lo que determinará todo lo que viene.
Tal vez este sea el mejor momento del año para detenerse y hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué tipo de persona estoy llevando conmigo al próximo año? No se trata sólo de nuevos objetivos, sino de una nueva consciencia. Porque el verdadero reto no es que el próximo año cambie... el desafío es cambiar nosotros. ¿Estarías dispuesto?