Desde que tengo conocimiento, nunca habíamos tenido tantos líderes formados, certificados y técnicamente preparados. De igual manera, nunca habíamos visto tantas personas frágiles ejerciendo liderazgos. Es claro que en esta ecuación hay algo que no cuadra.
Vivimos en una época que celebra y premia el resultado, el indicador, el logro alcanzado. Organizaciones que se obsesionan con el hacer, pero que cada vez más se alejan del ser. Profesionales con mucho éxito hacia afuera, pero agotados por dentro, los cuales entienden qué deben hacer, pero no saben cómo sostenerse emocionalmente.
El problema no es la falta de talento, lo tenemos de sobra. El problema es la fragilidad silenciosa del ser humano que lidera. Hoy vemos líderes con agendas llenas y conversaciones vacías, que se dedican a cumplir sin disfrutar; avanzando sin sentirse plenos. Y lo más preocupante: lo hemos venido normalizando.
Es aquí donde aparece el gran engaño del liderazgo moderno. Nos han hecho creer que formar líderes es entrenar habilidades, perfeccionar competencias y pulir discursos. Que el liderazgo se mide en resultados visibles y no en la solidez invisible de quien los genera. Es decir, mientras el número cuadre, todo está bien. Y no, claramente, así no debe ser.
Estamos formando muy buenos ejecutores, pero no seres humanos sólidos, promoviendo cargos fuertes sostenidos por personas que en su interior son muy débiles. Incluso llegando al punto de exigir resiliencia sin enseñar a construirla. Un ser fortalecido toma mejores decisiones bajo presión, no requiere imponer para influir, gestiona el conflicto sin romperse ni romper a otros. En otras palabras, ejerce un liderazgo de verdad.
Algo está roto por dentro y no lo asumimos. La mejor prueba de ello es que hablar del ser incomoda, porque ni se puede medir con facilidad ni aparece en los informes trimestrales. Solucionar este corto circuito es un proceso que requiere tiempo, consciencia, congruencia y mucha responsabilidad personal.
Liderar no es sólo ocupar una posición, tener personas a cargo e influir en otros; es sostenerse emocionalmente teniendo la madurez para liderarse primero uno mismo. No es sólo avanzar; es saber desde dónde se avanza; precisamente por esto hay que tener unas bases sólidas para lograrlo. Tal vez por eso vemos tantos líderes cansados, irritables o desconectados. No porque no sepan hacer su trabajo, sino porque nadie les ha enseñado a fortalecerse por dentro mientras lo hacen.
El verdadero desafío del liderazgo hoy no es hacer más. Es ser mejor, sustancialmente mejor que tu versión anterior, porque ningún resultado sostiene en el tiempo a un ser humano que no se ha fortalecido internamente. La pregunta final no es qué tan lejos has llegado. Más bien es: ¿qué tan fuerte eres para sostener lo que has construido?
La buena noticia es que en cualquier momento podemos detenernos y corregir el camino. Todo depende de tener la suficiente valentía para hacerlo. Hagámoslo sin miedo, no tengo la menor duda que vale la pena.